Un lugar llamado Vaupés

Usaba un delgado bastón para apoyarme y caminar mejor. Esa pieza de madera era suficiente para sostener los 56 kilos que he mantenido desde que cumplí veinte años, aun cuando mi barriga ha crecido con el tiempo por alguna esporádica cerveza. Salí de la enorme estructura hecha de madera y con piso de tierra, amarrada de manera segura con cientos de metros de bejucos y techada cuidadosamente con hojas de palma de caraná. Allí no se había usado una sola puntilla para sostener la maloca (o casa ancestral, como después aprendí que se le debe llamar) en la que se encontraban alrededor de ochenta hombres indígenas, entre niños y adultos, y apenas cinco hombres blancos, como nos llaman ellos.

Afuera estaba muy oscuro y me valía de una pequeña linterna frontal para ver el lugar al que quería ir, pero al que difícilmente lograba llegar. De repente, me encontré frente a un pasto que llegaba hasta mis rodillas, me incliné sobre él y después de varias arcadas vomité algo oscuro y de sabor amargo. Me decía a mí mismo de manera repetida por qué diablos estaba allí: llevaba varios días sin comer, había recibido azotes en las piernas que un viejo chamán nos había propinado a todos, y sentía que el mundo se me venía encima debido a las alucinaciones (o quizá premoniciones) y al mareo causado por el yagé, una planta que para muchas culturas indígenas es sagrada.

Ese mes de julio del año 2021 era mi tercera vez pisando el Vaupés, pero la consideraba como la primera debido a la experiencia larga y compleja que estaba viviendo allí. La primera vez había sido en 2014 en algún lugar del río Apaporis, y la segunda había sido un mes atrás para participar en una reunión junto a indígenas de un territorio atravesado por el río Vaupés. Esta vez, en cambio, fueron más de veinte días a la orilla del río Yapú, en medio de la selva e inmerso en un contexto cultural que me sorprendió, que admiré, y que hasta hoy sigo sin entender debido a que con mi formación en ciencias puedo explicar todo con números, o al menos, casi todo.


Río Yapú. 
Foto: Bayron Calle.

Al interior de la casa ancestral había cerca de quince niños que estaban participando de un ritual de paso de la niñez a la adultez. Estaban aprendiendo a usar elementos de la selva para tejer artilugios que después sus padres usarían para preparar y transportar alimentos, al tiempo que observaban por primera vez los instrumentos sagrados que los mayores guardan con sigilo en algún lugar secreto de la selva. Por esos días, esos niños recibieron por primera vez tabaco en polvo, el cual era soplado con mucha fuerza en las fosas nasales de los menores usando el hueso de algún animal de la selva; mambe o coca, cuyas hojas eran tostadas, maceradas, y mezcladas con las cenizas que resultaban de la combustión de hojas de un árbol del género Cecropia; y yagé, el bejuco que varias etnias de la Amazonía han usado milenariamente para comunicarse con el mundo de los espíritus. Y era precisamente esa comunicación la que me estaba haciendo ver a un jaguar de ojos verdes, con un pelaje que brillaba y producía destellos, y que tres meses después se transformó en una manilla que aún llevo en mi muñeca izquierda. Cómo explicar eso con números.

La vida me había llevado a ese lugar y a ese momento para presenciar una serie de complejas danzas que se ejecutaban en jornadas de casi 24 horas. Los danzadores eran hombres en cuyas pieles había figuras pintadas con tintes naturales, y en cuyas cabezas se posaban enormes coronas tejidas con plantas y adornadas con plumas de diferentes especies de aves, como guacamayas, mochileros, tucanes y garzas, por mencionar solamente unas cuantas. Algunas coronas tenían pelos de micos churucos (Lagothrix lagothricha) que se enredaban entre sí para formar unas tiras semejantes a rastas o dreadlocks, y otras tenían la cola completa de otro primate, el mico colimocho (Cacajao melanocephalus).

Eventualmente, los danzadores y mayores se reunían en algún punto de la casa ancestral, y sentados sobre bancos elaborados en una sola pieza con alguna madera especial, recitaban por largo tiempo una serie de rezos similares a mantras, usando una lengua que obviamente yo desconocía, pero que sabía, era una forma antigua de alguno de los tantos dialectos indígenas que se hablaban allí pertenecientes al Tukano Oriental. Por varios días hubo desasosiego entre los cinco blancos, pues no sabíamos qué iba a seguir ni cuándo terminaría esa compleja ceremonia, pero así es la Amazonia, llena de incertidumbres. Esta olvidada región parece apenas visible cuando se celebran reuniones que frecuentan las élites ambientalistas, como la pasada conferencia de la ONU sobre el clima (COP30) que se desarrolló en Belém (Pará, Brasil), justo donde desemboca el enorme río que le da el nombre a la inmensa región en la que me encontraba.


Casa ancestral en una comunidad a orillas del río Vaupés.
Foto: Bayron Calle.


Durante la pandemia de la COVID-19 estaba precisamente muy cerca de Belém, en otra ciudad rivereña llamada Macapá (Amapá, Brasil), una región igual de apartada y de olvidada que el Vaupés. Después de varios meses de confinamiento y de parálisis con el transporte aéreo en Colombia, permitieron la llegada de “vuelos humanitarios” al país y retorné a Bogotá en octubre de 2020, donde esperé seis meses hasta conseguir empleo en una pequeña organización colombiana que se ha dedicado a trabajar con pueblos indígenas en varios lugares, entre esos, el Vaupés.

El Vaupés es de una superficie equivalente a la de dos veces Haití, otro territorio olvidado y localizado en el Caribe. Mitú, su capital de casi 16.000 habitantes, se hizo famosa en noviembre de 1998 cuando más de mil miembros de la guerrilla de las FARC se tomaron a sangre y fuego el pueblo, y aunque hoy hay una aparente calma en lo que refiere a conflicto armado, Mitú, y en general el Vaupés, siguen siendo famosos por ser una zona apartada, por su historial de corrupción, y por el continuo suicidio de su población joven.

A Mitú se llega por vía fluvial navegando por varias semanas desde el municipio de Calamar en el Guaviare; o por vía aérea, comprando un tiquete de ida y vuelta que puede costar hasta un millón de pesos colombianos cuando se adquiere próximo a la fecha del vuelo en la única aerolínea comercial que llega hasta allá, la empresa estatal Satena. Moverse dentro del departamento es otra odisea, pues existe una única vía terrestre en mal estado que comunica a Mitú con algunas comunidades indígenas, de manera que el resto de los desplazamientos se hace por ríos grandes como el Vaupés y sus afluentes, por caminos al interior de la selva, o en aviones Cessna monomotor, como los que recientemente se estrellaron en ese departamento, uno en agosto de 2025 con una misión médica, y otro tres meses después con funcionarios de la Registraduría Nacional. En ambos siniestros, todos sus ocupantes perdieron la vida.


Río Vaupés, aguas abajo del municipio de Mitú.
Foto: Bayron Calle.


Si bien llegué a Mitú por primera vez en 2021, apenas en 2023 comencé a visitarlo más seguido, con hasta dos viajes mensuales para desarrollar actividades con pueblos indígenas en el marco de proyectos financiados con dineros de cooperación internacional. Desde entonces, me he movido por territorios que no pensaba conocer, dado que están muy alejados de lo que los blancos llamamos desarrollo, he navegado por caños de aguas tan negras como la obsidiana, he atravesado raudales (localmente conocidos como cachiveras) en los que pareciera que el bote se va hasta el fondo del río, he subido a cerros monolíticos bajo el inclemente sol ecuatorial, y he caminado por ecosistemas de sabana que esconden cuevas en las que los antiguos pobladores de ese territorio se refugiaban y donde actualmente viven espíritus que pueden enfermarte.


Cerro flecha en cercanías al municipio de Mitú.
Foto: Bayron Calle.


Cierto día de septiembre de 2024 me aventuré a caminar con un grupo de indígenas por las sabanas de Wacurabá, localizadas entre los ríos Cuduyarí y Cubiyú. Estas comprenden una vegetación herbácea y arbustiva que se asienta sobre un afloramiento rocoso similar a una meseta, y sobre el que discurren caños con lechos de roca sólida de tono rojizo. Soy algo claustrofóbico, pero quizá haber estado acompañado de un grupo numeroso me dio la valentía para internarme en un complejo de cuevas oscuras y de suelo encharcado. Por suerte, tenía mi linterna. Curiosamente, varios meses después algunos indígenas de otra etnia, localizados a más de 600 kilómetros en el piedemonte Amazónico me dijeron que el espíritu que vivía en esas cuevas me estaba enfermando, que me había enfriado el cuerpo, y que por esa razón me sentía sin energía últimamente. Honestamente no supe qué pensar al respecto, pero sí era cierto que por esos días había tenido una crisis emocional que me hacía pensar en lo difícil que era estar en el Vaupés, y que todavía me hace imaginar una enorme nube negra sobre el aeropuerto de Mitú que obligará al avión de Satena a retornar a Bogotá cada vez que viajo, pero esto ha ocurrido apenas una vez.


Sabanas de Wacurabá, localizadas entre los ríos Cuduyarí y Cubiyú.
Foto: Bayron Calle.


Caño en las Sabanas de Wacurabá.
Foto: Bayron Calle.


Complejo de cuevas en las Sabanas de Wacurabá.
Foto: Bayron Calle.


Para mí ha resultado difícil seguir el ritmo al que me he visto obligado en Vaupés. No entiendo si lo complejo es mi trabajo, la gente de ese territorio, el contexto mismo de la selva, o todo en su conjunto. Fue un gran desafío andar por esas tierras y presentarse con un proyecto que en términos monetarios era una quinta parte de lo que las autoridades indígenas de esos lares estaban acostumbradas a administrar, y lo escribo casi textualmente como nos lo mencionó un líder indígena cuando dos colegas y yo visitamos su territorio para socializar el proyecto en el que trabajábamos. Esa vez, no despertamos el interés de los líderes y su gente, quienes habían pasado la noche en vela en una celebración acompañada de chicha y con el alcohol que expelían sus alientos nos pidieron que nos marcháramos. Al final del día ya estábamos en Mitú, una decisión razonable y ajustada a la autonomía de los pueblos indígenas.

En otros territorios el proyecto que presentábamos era bienvenido, pero teníamos que pelearnos el espacio con algunos políticos, pues estábamos en época electoral y para los pobladores de esa región era más importante la llegada del candidato de turno con las promesas de siempre, con varias cajas de aguardiente, y con ollas para las mujeres. Me impresionaba ver cómo algunas personas salían hasta con cinco botellas del destilado entre sus manos. Esa noche el político que hacía campaña patrocinó una gran fiesta en la comunidad donde me encontraba, además de alcohol, llevó varios kilos de carne vacuna, en sus palabras, de muy buena calidad.

Otra de las complejidades de esa selva es la ansiedad que me ha generado el transporte aéreo en los pequeños Cessna, no sólo porque el servicio es casi siempre monopolizado por las entidades del estado presentes en el departamento ocasionándonos largas esperas (incluso de varios días), sino también porque se me está volviendo un martirio abordar uno de esos aviones y pensar que puede caer en cualquier momento, pues en mi cabeza siempre están presentes Lesly y sus hermanitos accidentados en un monomotor en la zona selvática que se extiende entre los departamentos del Guaviare y del Caquetá. Amo la aviación y amo volar, pero hasta hoy desconfío del mantenimiento que les hacen a esas latas voladoras que llevan varias décadas de servicio.


Avión Cessna 172 despegando de una de las pistas en medio de la selva del Vaupés.
Foto: Bayron Calle.


Durante los vuelos, sin embargo, hay una recompensa, como el sosiego y el alivio que siento al ver el inmenso manto verde. Cada vez que llego a un destino y me bajo de uno de esos viejos aviones encuentro lugares mágicos, como las cachiveras. Muchas de esas caídas de agua son conocidas por los indígenas como sus lugares de origen; es decir, como sitios en el que desde el inicio de los tiempos fueron dejados los primeros pobladores de esas tierras por la canoa con forma de Güio (anaconda) que venía desde la laguna de leche (la desembocadura del río Amazonas). A ellos se les entregó un conocimiento específico que ha perdurado por miles de años en la memoria de las personas, y que ha permitido que en la actualidad se mantengan sus prácticas culturales para cazar, pescar, cultivar la tierra, danzar, curarse de enfermedades y proteger la naturaleza. Y es que mientras más lejos me interno y más me aparto de Mitú, todo parece ser más auténtico y preservado: la cultura es más conservada y puedo ver cómo es enseñada por los viejos y aprendida por los jóvenes, y la selva parece más exuberante, más verde y con más animales.


Circasia, en cercanías al río Vaupés.
Foto: Bayron Calle.


Preparación de mambe en una casa ancestral a orillas del río Inambú.
Foto: Bayron Calle.


En enero de este año visité una pequeña y apartada comunidad a casi 90 kilómetros al sur de Mitú. Después de media hora volando sobre la selva, a una distancia sobre el terreno desde la que parecía posible identificar con precisión cada especie de árbol dada la baja altura de vuelo, llegué al caserío a orillas del río Inambú, un estrecho cauce que se perdía en la selva y aguas abajo llegaba hasta el Brasil. Había pocas personas en el lugar, pues la mayoría se había ido a Mitú por río y por selva para visitar a los familiares en la época decembrina que recién finalizaba. En la pista de tierra en la que aterrizamos, rodeada por la espesa selva, sobresalían varios nidos de hormigas arrieras que parecían entorpecer las maniobras del piloto. Al alejarme de esta caminé por un lado de la pequeña escuela levantada en madera y techada con láminas metálicas, después llegué a la casa comunal donde me esperaban 12 personas con las que me aventuré a caminar desde el Inambú hasta el río Papurí, de más caudal y sobre el que se localizaba la comunidad hasta la que debíamos llegar. Nuestro objetivo era recorrer los límites de un territorio que era nuevo para estas personas, no sólo porque era la primera vez que ellos iban caminar ese sector, sino también porque hacía poco tiempo habían comenzado el proceso con el gobierno nacional para ser reconocidos como una autoridad tradicional en esa apartada zona, lo que les permitiría acceder a los recursos de las transferencias; es decir, a los dineros de la nación para ejecutar proyectos enfocados en vivienda, salud y educación. Así funciona la inversión estatal en esas selvas, a través de proyectos, a pesar de que la mayor parte de los indígenas no sabe cómo formular uno.

Después de la prevención realizada por uno de los mayores de la comunidad, con la que nos pintaron la piel con carayurú, un tinte rojo de origen vegetal, quedábamos listos para enfrentar lo que fuéramos a encontrar en nuestro recorrido de varios días. Por esa época los pequeños caños estaban secos y apenas quedaban unos diminutos pozos de aguas estancadas y mal olientes. Yo tenía un termo con un filtro que se supone, me protegería de alguna complicación estomacal, de manera que podía tomar de esas aguas putrefactas, y si bien no me enfermé de la barriga, era imposible no sentir en la boca el sabor a podrido del preciado líquido que ingería. Dicen las personas que iban en el recorrido que la protección que el viejo nos había hecho había sido tan eficaz, que por eso no encontramos ningún animal en la selva, y por eso no fue posible cazar alguno para comer, de modo que la escopeta que llevaba uno de los jóvenes sobre su hombro sirvió apenas como decoración. En efecto, una pequeña serpiente venenosa (Bothrops sp.) fue el único animal que encontramos por esos días. Ni siquiera había sancudos.

La actividad de caza es un hecho normal para ellos, pero quizá repudiada por muchas personas que ignoran el contexto Amazónico, sobre todo si se trata de personas que no salen de la comodidad de sus casas en las ciudades. A ellos les basta hacer una llamada para que a su puerta lleguen productos como la leche de almendras y el tofu, pero en las comunidades indígenas del Vaupés, la alimentación proviene principalmente del rebusque; es decir, de lo que cualquier familia consigue en el día a día, ya sea en la chagra (su lugar de cultivo), en el río a través de la pesca, o de la cacería que pareciera ser cada vez más exigua, en parte, por la demanda de carne de monte que hay desde Mitú. De hecho, es común llegar a la plaza del pueblo, lugar conocido localmente como La Maloca, y encontrar en el almuerzo carne de lapa (Cuniculus paca), un roedor mediano que de día descansa en pequeñas cuevas y de noche deambula por la selva; o de danta (Tapirus terrestris), un enorme mamífero de casi 300 kilos que se extiende por los nueve países que conforman la vasta región Amazónica, y que está clasificado como Vulnerable por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) debido a la disminución de sus poblaciones en toda su área de distribución. De hecho, he sido testigo de cómo algunas personas blancas que son dueñas de empresas en Mitú visitan territorios indígenas, con el beneplácito de sus propias autoridades tradicionales, para realizar faenas de cacería.


Actividad de pesca en el río Abiyú, afluente del río Vaupés. 
Foto: Bayron Calle.


Plantas de yuca (Manihot esculenta) en una chagra de una comunidad indígena del Vaupés. 
Foto: Bayron Calle.


Esas personas blancas, a las que yo prefiero llamar personas de afuera, son quienes han manejado el comercio de la región. Ellos son los dueños de las lanchas que cargan cientos de litros de cerveza y combustible desde Calamar hacia Mitú, de las empresas de transporte aéreo a las que se les ha perdonado frecuentemente que haya accidentes con víctimas fatales, y de las tiendas que firman millonarios contratos con entidades estatales para proveer de alimentos y suministros a escuelas y centros de salud. Aunque ellos dirían que son quienes mantienen la economía local por el hecho de generar empleo para muchos indígenas, no paran de decir que “el indio es perezoso” y que los fines de semana no se puede contar con ellos porque terminan borrachos por culpa de los litros de cerveza que llegan en las lanchas de sus patrones. Aunque debo admitir que esto último sí es cierto.

Hoy, desde la comodidad de mi casa en un frío pueblo de los Andes, lejos del caos que parece sufrir mi mente cuando estoy en esas tierras y que en parte ha sido provocado por esas dos orillas marcadas del Vaupés, la de la belleza de sus paisajes y su cultura en lo profundo de la manigua, y la de la dinámica corrupta y el deterioro del tejido social, sigo maravillado por lo mágico de la selva, de sus ríos y cachiveras, de las danzas y rituales que siempre tienen algo nuevo, y de la amabilidad de los indígenas y los blancos que me han acogido con mucha hospitalidad. No entiendo por qué pensamos en esa otra Colombia como un lugar que debe ser sostenido con las migajas del centro del país, ni por qué nos imaginamos que si la mayor parte de sus habitantes son indígenas, entonces deben mantenerse aislados y semidesnudos. Son precisamente esos lugares los que pueden potencializar el futuro económico del Sur Global al que pertenecemos, a través del empoderamiento de su gente para no repetir la historia de colonialismo que Colombia ha sufrido, y que los blancos hemos aprendido y aplicado con los pueblos indígenas (incluso desde algunas organizaciones) para mantener a los verdaderos dueños del Vaupés como salvajes.

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