La vida es mejor a blanco y negro

El pequeño niño salió del aula de clase y se cruzó con su profesor, quien al verlo le dijo de modo fugaz: "que le vaya bien con sus buenos sentimientos". Él no entendió a qué se refería el docente, pero tampoco le importó, pues a esa edad su prioridad era salir rápidamente para regresar a casa. Al llegar a la puerta principal del colegio el niño se encontró con su padre, quien vestía una camisa blanca, jean, botas de caucho y una gorra con una insignia de una compañía productora de banano.

Su padre siempre lo esperaba de lunes a viernes a medio día en su moto, una Honda XL 125 color rojo con menos de un año de uso y adornada en el guardafangos con una enorme lámina del escudo del Junior de Barranquilla, su equipo de fútbol. Como era costumbre, el hombre ya estaba con su pequeña hija, quien siempre se sentaba delante de él, casi en el tanque de la moto. Cuando el niño se acercó a ellos observó que su padre cargaba una mochila en la que había un diminuto perro de color blanco y negro, al que su esposa miró con desprecio cuando llegaron a casa, pero que apenas unos meses después se convirtió en un hijo más para ella. Al día siguiente, cuando el niño fue a su colegio se encontró a su profesor y este le preguntó: "¿cómo le fue con los buenos sentimientos? Bonito el perro, ¿no?".

El señor padre había sido el culpable del cariño especial que ese niño, incluso años después, sentía por los perros. Muñeco fue el primer perro de la familia, quien llegó a casa en la década de los noventa, cuando en el Urabá eran comunes las masacres y las bombas. El pequeño perro no era de una raza definida, pero la veterinaria que lo atendió por primera vez para curarlo de una infestación intensa de piojos escribió en su carné de vacunas que era un "pequinés con salchicha"; sin embargo, la familia nunca entendió por qué.

 

Muñeco en el patio de la casa.

 

Muñeco provenía de alguna de las tantas fincas bananeras que el padre del niño visitaba semanalmente, y a pesar de su tierno nombre, se tornó una fiera con el tiempo. El canino mordió a todos en esa casa, incluso a la señora que colaboraba con los oficios del hogar. En 2002 Muñeco se enfermó repentinamente, en su garganta creció una masa gigante, estaba ciego y se tropezaba con las paredes al caminar, por lo que la familia decidió que era mejor que descansara a través del sueño profundo.

El mismo año de la muerte de muñeco, Homero llegó a casa de la familia. La nueva mascota era un "labrador con algo", como lo clasificaba la compañera de clase que se lo había obsequiado al hijo de la familia, quien por esos años ya era un adolescente. Homero resultó ser noble y adorable, pero como les explicaba aquel joven a sus amigos del colegio, parecía que el canino estaba poseído por el mismo demonio: era enérgico, se comía los muebles, se orinaba en la cama del joven, y se subía al comedor cuando había comida sobre la mesa. Lastimosamente ninguno en casa tuvo paciencia con Homero, y una tarde un amigo del padre fue por él, lo montó en una camioneta y se marcharon para una finca a las afueras del pueblo.

Varios meses después apareció el padre de la casa con un nuevo canino de color amarillo con blanco. Era alargado, de patas cortas y torcidas, y similares a las aletas de una foca. El diminuto perro se parecía a Muñeco, pero su carácter era completamente diferente, pues a este sí le gustaban las personas y era amigable con los mismos de su especie. El canino se llamó Tommy y fue la compañía del padre y la madre de esa familia cuando sus hijos se fueron a vivir a Medellín para estudiar en la universidad. La señora se tomaba el trabajo de cocinarle semanalmente carne molida y diariamente se la mezclaba con alimento para perros. El padre no se cansaba de decir que la carne que Tommy consumía era de mejor calidad que la que él recibía en los comedores de las fincas bananeras que visitaba.

Durante las fuertes tormentas que azotaban a la región en la época de lluvias, el señor se sentaba en el comedor y a sus pies se ubicaba Tommy. Ambos le tenían pavor a los truenos y a los rayos que con fuerza iluminaban el cielo nocturno. Pero el temor de ese canino se perdía cuando la familia visitaba alguna de las playas del golfo de Urabá, pues el pequeño perro amaba correr sobre la arena y lanzarse al mar o a los pequeños arroyos que venían de las montañas.

 

Tommy en una de las playas del golfo de Urabá.

 

Durante la navidad de 2011 Tommy murió por causas desconocidas, pero aparentemente, la culpa la tuvieron los fuegos artificiales. A medianoche, el canino se refugió debajo de una de las camas de la casa y allí quedó tendido y nunca más despertó. La partida de Tommy dejó a la familia devastada, sobre todo a los jóvenes hijos, quienes no pudieron ver fotos del pequeño perro hasta varios meses después.

A casi 500 kilómetros del Urabá, atravesando la cordillera occidental y central, y subiendo las empinadas laderas de la cordillera oriental para llegar hasta el municipio de Soacha (Cundinamarca), nacía a finales de los noventa una poodle blanca llamada Muñeca. Pocos meses después, la cachorra fue separada de la camada porque se convertiría en un regalo para dos pequeñas hermanas.

Por esos días, las vacaciones de las dos pequeñas en casa de sus abuelos en Bogotá llegaban a su fin, y justo antes de retornar a su natal Ibagué en el departamento del Tolima, su tío llegó desde Soacha con Muñeca. Estaba flaca, sucia, y con el pelaje enredado. Después de un rápido baño, la abuela pensó que era buena idea alimentar a la cachorra antes del viaje y le sirvió una enorme porción de espagueti a la boloñesa antes de que las hermanas retornaran a casa. Apenas unos minutos después de partir, la pequeña perra vomitó cuando el vehículo en el que iban atravesaba un puente sobre una transitada avenida de la ciudad.

Una vez en Ibagué fue difícil convencer al padre de las menores para tener a la pequeña perra en casa. Con su tono fuerte de militar retirado, y la mirada ruda de un hombre que había vivido los horrores de la guerra de los años ochenta, decía que no quería perros. Pero como pasa casi siempre en esos casos, el padre terminó aceptándola, queriéndola, y en ocasiones, alimentándola con helados y hamburguesas que compraba exclusivamente para ella.

Años después, las menores se fueron a vivir a Bogotá a casa de sus abuelos para ingresar a la universidad, y junto a ellas se fueron su madre y Muñeca. El día en el que la hija menor se disponía a viajar con su madre y Muñeca, llegaron a la terminal terrestre de Ibagué y de todas las maneras posibles intentaron meter a la joven perra en una caja de cartón, pues era la condición impuesta por el conductor del bus que las llevaría hasta Bogotá. Muñeca era más grande e inquieta, por lo que fue imposible lograr que ella estuviera al interior de la caja, de modo que el desplazamiento tuvo que esperar un par de días. La madre y su hija viajaron solas mientras su mascota esperó en casa de unos amigos, y una semana después, Muñeca viajó en un camión hasta Bogotá, pero en libertad, sin estar confinada en la caja en la que pretendían meterla.

En Bogotá la pequeña poodle tuvo que acostumbrarse al frío y a los refunfuños del abuelo, quien insistentemente decía que no iba a permitir perros en su casa, pero con el tiempo, él y su esposa comenzaron a compartir la cama con Muñeca. El apartamento era un paraíso canino, pues la abuela daba enormes porciones de comida y eventualmente preparaba sopa de pollo. Dicen que cuando la abuela era joven, varios de sus perros murieron por exceso de amor; es decir, exceso de comida. Aún hoy, la abuela intenta de todas las formas posibles alimentar a las mascotas de sus nietas sin importar las advertencias de ellas.

 

Muñeca a la edad de 14 años descansando en la cama de los abuelos.

 

En 2012, mientras la menor de las nietas realizaba trabajo de campo en una zona apartada de la Orinoquía, buscando primates en fragmentos de bosque, la vida de Muñeca se apagó. Su partida dejaba un vacío enorme en los abuelos, quienes nunca más quisieron tener un perro. Con los años, sin embargo, la abuela comenzó a tratar como suyas las mascotas de sus nietas: un samoyedo loco y hambriento, una gata mordelona, y yo, un perro criollo de color blanco, manchas amarillas y nariz rosada.

Nací en la Amazonía, apenas un par de años después de la partida de Muñeca. Esto pudo haber acontecido en Perú, Brasil o Colombia, no tengo certeza de ello, ni siquiera sé qué día fue, pero parece haber sido a mitad del año 2014. Con pocos meses de vida llegué a las manos de una pareja indígena bastante mayor que vivía en un pequeño rancho de madera en el barrio La Ceiba de Leticia, la capital del departamento del Amazonas en Colombia.

A pesar de las intensas lluvias que con frecuencia arreciaban allí, nunca se me permitió entrar a la casa de mis dueños para refugiarme, por lo que mi única opción era el espacio entre el suelo húmedo y las tablas del piso de la casa, pero cuando la lluvia era fuerte y el suelo se encharcaba tenía que salir de ese oscuro espacio y refugiarme en algún andén de alguna casa contigua, o debajo de algún carro estacionado en la calle.

Normalmente mi comida eran las sobras de mis dueños, compuestas casi siempre de espinas y cabezas de pescado, pero me las arreglaba para buscar comida entre las bolsas de basura que las personas dejaban en los andenes los días en que pasaba el camión que las recogía. Además, tenía una estrategia infalible: mirar con ternura a las personas de las casas vecinas para que me dieran comida, esa normalmente era mejor que las sobras que me daban mis dueños.

Durante una época de fuertes lluvias enfermé por el frío que hacía en las noches. En mi nariz comenzó a crecer una costra por la acumulación de mis fluidos nasales que me impedía respirar bien. Por suerte, una vecina, la misma que años atrás había perdido a su poodle, se percató de esto y junto con su amiga veterinaria me dieron un brebaje amargo que me mejoró. Ocasionalmente, esa vecina me dejaba agua y comida en la puerta de su casa y a veces me dejaba entrar a su pequeño apartaestudio. Aunque mi nombre era Toby, ella insistía en llamarme Orejas, según entendí, porque mis orejas sobresalían ante mi pequeño tamaño, lo cual era obvio pues yo era apenas un cachorro de cuatro a cinco meses.

 

Una de mis primeras visitas a la casa de mis actuales dueños. En ese entonces rondaba por los cuatro meses de edad.

 

A finales de 2014 mis dueños me llevaron por varios meses a un lugar que no recuerdo, y en abril de 2015, nuevamente regresé al barrio La Ceiba. Yo estaba más grande, con una oreja carcomida por algo que parecía sarna, con varias costras en la piel y varias decenas de garrapatas, especialmente entre mis dedos y al interior de mis orejas. Mis dueños se marcharon nuevamente y me dejaron solo en el terreno donde quedaba su casa. Sabía que a partir de ese momento iba a ser más difícil para mí tener comida.

 

Mi regreso al barrio La Ceiba en Leticia. Allí estaba pidiendo comida en la casa de un vecino.

 

La vecina que me había curado algunos meses atrás vivía con aquel niño que a comienzos de los 2000 tuvo a Muñeco, a Homero y a Tommy, pero por esos años él ya era un hombre adulto de pelo largo y medio hippie. La pareja vivía en un pequeño habitáculo de casi 20 metros cuadrados, que era dividido en dos secciones por un armario de tablas, dejando a un lado una pequeña cocina, y al otro lo que parecía ser una habitación en la que reposaba un colchón sobre el piso y una hamaca azul que colgaba entre dos paredes opuestas.

Eventualmente, la pareja salía en bicicleta y yo aprovechaba para seguirlos por varias cuadras. Ellos intentaban espantarme arrojándome pequeñas rocas y amistosamente me decían que regresara a la calle a la que pertenecía. Esa fue la constante por algunos meses, y de regreso a La Ceiba, no desaprovechaba la oportunidad para revolcarme entre los pañales que encontraba en la calle. Cuando podía, me escabullía entre unos alambres para entrar a una base militar en la que escurrían unas aguas estancadas y mal olientes donde me encantaba saltar.

Cierto día, la joven pareja me atrajo con comida y me llevó a su apartaestudio. Aseguraron mi hocico con el cordón de un zapato y me ataron a un poste en el patio de su casa. Allí recibí un baño con agua limpia y jabón. Yo no entendía qué sucedía y lo único que podía hacer era llorar como si me estuvieran apuñalando. Después comprendí que la idea de ellos era quitarme el mal olor (que para mí no era tan malo) y dejarme limpio y sin ácaros. A partir de ese día, la gente de otras casas empezó a mirarme de otro modo, me acariciaban más y noté que muchas personas le preguntaban a esa pareja si me habían bañado. Igual, era cuestión de minutos para que yo estuviera nuevamente revolcándome en porquerías. Mis dueños, sin embargo, no notaron la diferencia, pues seguían tratándome igual.

En mayo de 2015 dejé de frecuentar la vieja casa en la que vivían mis dueños, dejé de andar solo por la calle y me encerraron en un pequeño patio con techo por el que podía ver hacia la calle a través de una reja de hierro. Yo intentaba morder los barrotes con la esperanza de salir, pero ese material era muy resistente. Lo bueno era que cuando llovía no me mojaba y podía tener comida fresca y agua limpia, algo que no pasaba antes. Pero lo más extraño era que ya no podía andar libremente, sino que me obligaron a caminar atado a una correa. Un día, me cortaron las bolas, recibí varios pinchazos para no enfermarme y un líquido amarillento de mal sabor para matar los parásitos que tenía en la barriga. Así me fui acostumbrando a estas dos personas, porque, ¡quién sabe!, la historia habría sido diferente si hubiese seguido con mis antiguos dueños. Yo ya no era Toby, era Orejas.

 

Recuperación después de la cirugía de esterilización en una jornada patrocinada por veterinarios voluntarios.

 

Poco tiempo después de comenzar a vivir con la joven pareja comencé a sentirme mal, un poco más caliente y eventualmente vomitaba lo que comía. Mi dolencia coincidió con una visita que la abuela de mi dueña estaba haciendo en Leticia. Allí se apoderó de la cocina y aprovechó sus destrezas culinarias para prepararme una sopa de pollo, y aunque yo era un hambriento, no fui capaz de engullir el manjar. Lo peor de todo, era que orinaba sangre. Mis nuevos dueños me llevaron donde su amiga que curaba animales, quien después de revisar mi sangre mencionó que tenía ehrlichiosis, una enfermedad transmitida por las garrapatas. Haber estado tanto tiempo a la intemperie y con otros perros de la calle había hecho que cientos de esos animales se me pegaran de la piel, pero recibí unos pinchazos, unas pastillas amarillas y días después estaba mejor. Lo malo fue que cuando estuve bien no hubo más sopa de pollo.

En 2015 tuve mi primera navidad con mis nuevos dueños. Una noche, mientras dormía en mi nueva casa, algunos vecinos comenzaron a quemar unos artefactos que producían mucho ruido y algunos de ellos iluminaban el entorno como si fueran los rayos de una de las tormentas que normalmente se producían en esa región. Uno de esos artefactos explotó sobre el techo de la casa e iluminó la habitación en la que nos encontrábamos los tres. Después hubo otra explosión, y después otra, y así por casi una hora. Mi reacción inmediata fue llorar y temblar, pero mis dueños levantaron el colchón en el que estaban durmiendo, lo recostaron contra una pared y me metieron en ese cambuche improvisado hasta que me tranquilicé. No entiendo la necesidad de los humanos de quemar el dinero.

 

Una de mis primeras noches en mi nueva casa de Leticia.

 

Por esos días de diciembre a mi dueño le habían otorgado una beca para estudiar en Brasil, y en enero del 2016 partimos en un barco aguas abajo por el río Amazonas desde Tabatinga, una ciudad brasileña vecina a Leticia. Los tres viajamos en un cómodo camarote, con balcón, baño privado, aire acondicionado y con el plus de que las tres comidas de esos perezosos humanos eran llevadas hasta el camarote. Ellos sólo comieron, durmieron y eventualmente salían al balcón a leer y a conversar con una pareja de británicos del balcón contiguo. Así se la pasaron los cuatro días que duró ese viaje.

Mientras viajábamos, mis dueños me llevaban a la cubierta del navío para que hiciera mis necesidades, pero apenas pude orinar en una ocasión en la popa del barco. En ningún momento pude cagar durante el viaje, era imposible encontrar un lugar medianamente cómodo en esa mole de hierro. Por eso, al llegar a Manaos, inmediatamente toqué tierra firme, cagué en el pasillo por donde estaban bajando las personas. ¡Qué descanso!

 

Balcón del camarote del barco en el que viajamos entre Tabatinga y Manaos.

 

Una vez en Manaos nos fuimos al cuarto de un hotel que funcionaba en un antiguo edificio localizado a unas pocas cuadras del Teatro Amazonas, una reliquia de finales del siglo XIX que se levanta con elegancia en el centro de esa enorme y calurosa ciudad. Ese día, los dos humanos se fueron a ver una presentación de música de cámara y me dejaron durmiendo en la habitación.

Al día siguiente, muy temprano en la mañana, llegó un taxi negro por nosotros tres, una guitarra, tres maletas, y una enorme jaula. Minutos después llegamos al aeropuerto y con algo de prisa mis dueños fueron al caunter de una empresa aérea, pagaron una suma elevada de reales, entregaron todo su equipaje y la dichosa jaula conmigo adentro. No podía ser posible que el pedazo de guitarra iba en la cabina y yo tenía que aguantarme el frío y la oscuridad durante las casi dos horas que demoró el vuelo entre Manaos y Belém. Entre esa mezcla de ira, susto e impotencia, opté por cagarme en la jaula en la que me encontraba, pero no me importó, pues los dos humanos podían limpiar luego. Efectivamente, cuando llegamos a Belém, mis dueños limpiaron la miseria casi congelada que había dejado en la jaula. Luego de una exhaustiva requisa por parte de la policía federal, y de un sin fin de preguntas, los tres comimos algo y caminamos un poco, pero el viaje aún continuaba.

A medio día nos embarcamos en otro Boeing 737 de la misma compañía aérea, pero esta vez, con destino a Macapá, una urbe en la margen norte del río Amazonas localizada a 150 kilómetros del océano Atlántico. Macapá sería nuestro hogar por casi cinco años, y aunque mis dueños aprendieron a falar português, nunca me interesé en aprenderlo bien, sobre todo porque algunos vecinos nunca entendieron mi nombre: me llamaban Ojeras, Orelhas (orejas en portugués), Orellas, y otros me decían cachorro (perro en portugués) sabiendo que yo era un adulto. ¡Muita confusión!

Mi nuevo hogar me gustó mucho. Era un cómodo apartamento en un quinto piso, con vista una parte de la ciudad y a una pequeña franja del río Amazonas. El edificio estaba cercano a un enorme monumento que le decían Mitad del Mundo, puesto que allí pasaba la línea del ecuador. Disfrutaba las tardes asomado por el balcón, recibiendo la brisa húmeda de la selva y ladrándole a los perros que pasaban por la calle. En Macapá abundaban los perros sin hogar.

En el edificio había otros perros y en ocasiones bajaba hasta los otros pisos para visitarlos. Pero a pesar de lo cómodo que era nuestro hogar había un gran problema: el fútbol. Era imposible que mis dueños hablaran de futbol con los brasileños, era casi tan complejo como hablar de política en Colombia. Además, para mis oídos era insoportable la cantidad de pólvora que era quemada cada vez que había juegos del esquizofrénico deporte en el país, sobre todo si se trataba del Flamengo, un equipo que despierta las más fervientes pasiones en gran parte del Brasil, o de la selección nacional, la cual dejaba las calles de Macapá desoladas mientras jugaba.

 

Una tarde de sol en mi casa de Macapá.

 

Recuerdo que durante el mundial de fútbol de Rusia de 2018, mientras mis dueños documentaban una fiesta popular en una comunidad Quilombola (afrodescendientes) en una zona rural de Macapá (ver video aquí), me dejaron al cuidado de una familia en una guardería canina. Ese 6 de julio jugó Brasil contra Bélgica, y aunque Brasil perdió, eso no impidió que la gente celebrara. Hubo tanta pólvora ese día, que en un intento mío de escapar de donde estaba me lastimé la nariz y la señora que me cuidaba tuvo que dejarme subir a su cama para poderme tranquilizar. Lo peor de todo, es que por haber estado allí, otros perros me infestaron de garrapatas y a los pocos días resulté nuevamente enfermo por culpa de la ehrlichiosis, afectando no sólo mi salud sino también las finanzas de mis dueños.

Además de ehrlichiosis, una vez me desprendí una uña, nuevamente, por culpa de la pólvora. Mientras estaba solo en casa, hubo tantas detonaciones que me hicieron rasgar la puerta de entrada al apartamento, lo que provocó que una de mis uñas se enredara en la puerta hasta desprenderla por completo. Cuando mis dueños llegaron a casa, encontraron una escena de película de terror: decenas de huellas de sangre en el piso de baldosa blanca.

En otra ocasión, mientras mi dueña cuidaba una perra de la calle, intenté montarla y a los pocos días resulté con una infección que me hacía orinar sangre. El resultado, literalmente, fue una gonorrea, pero la cura era sencilla, que mi dueño fuera a la farmacia y pasara la vergüenza de comprar un medicamento para tratar la venérea que yo padecía.

Durante la pandemia por Covid-19 regresamos a Colombia. Mis dueños estaban decididos a que yo no viajara nunca más en la bodega de un avión, y aprovechando el diagnóstico de depresión de mi dueña, tramitaron los documentos necesarios para que yo sirviera de soporte emocional de ella. Esta labor, sin embargo, ha sido un trabajo de doble vía, pues yo lengüeteo su rostro cuando ella llora, y ella y el humano me ayudan en los momentos en los que me siento asustado por la pólvora y los truenos de las tormentas.

La ruta de regreso era aparentemente sencilla, bastaba tomar un avión de Macapá a Brasilia, otro de Brasilia a São Paulo, y uno más de São Paulo a Bogotá que el gobierno colombiano había clasificado como vuelo humanitario. En el vuelo internacional fue fácil obtener el permiso de la aerolínea para mi viaje, pero en los dos vuelos domésticos en Brasil fue un dolor de cabeza, pues por ningún motivo la aerolínea iba a permitir que un perro viajara en cabina. Qué dirían los otros pasajeros, y sobre todo en un momento como una pandemia global.

Dada la imposibilidad de que mis patas pisaran un avión; de hecho, dada la imposibilidad de viajar en una jaula en la bodega de la aeronave, mis dueños decidieron retornar a Colombia en barco, navegando aguas arriba por el Amazonas durante casi dos semanas. Sin embargo, al humano se le ocurrió una mañana tomarme una foto con un cartel que decía que la aerolínea no me quería dejar viajar, la publicó en sus redes sociales y desde allí todo dio un giro inesperado. Muchas personas que ni siquiera conocíamos comenzaron a presionar a la aerolínea para pedirle que me dejara viajar, algunos comenzaron a escribir palabras de grueso calibre contra la compañía aérea e incluso, una periodista de un canal de televisión colombiano quiso contactarse con mi dueño para preguntarle cómo podía ayudarnos. Después de todo el alboroto en redes y de una llamada desde el Consulado de Colombia en Manaos para expresarnos su solidaridad, una persona de la aerolínea se contactó esa misma tarde por vía telefónica con mi dueña, le ofreció disculpas por las molestias causadas, y le dijo que yo era bienvenido a bordo. Dos días después de todo ese impase y tras varias horas de vuelo llegamos a Bogotá. Logré viajar en la cabina junto a mis dueños, incluso, comportándome mejor que los niños que iban en el avión. Esa vez descubrí el poder de las redes sociales.

 

Escala en Brasilia en nuestro retorno a Colombia.

 

Los viajes en avión se volvieron casi normales para mí, y aunque no hago tantos como mis dueños, sí he realizado más de una docena. El más extraño de todos fue a un lugar donde queda el mar. En las mañanas caminaba junto a mis dueños por la playa, pero no soportaba escuchar las olas reventando en la orilla, sobre todo, no me gustó que una tarde me metieran al mar para nadar. En últimas, aquello representó un esfuerzo monumental de mis dueños para sacarme la arena que se escondía entre mi pelaje, el mismo que voy regando por donde camino y que abunda en la ropa oscura de ellos y en el pelaje negro de la gata que tenemos en casa.

 

Mi primera visita al mar.

 

En 2022 llegó Morita a nuestra casa, una gata de pelo negro y brillante proveniente de Sáchica (Boyacá). Es nuestro primer felino, de modo que entre los tres hemos tenido que aprender a lidiar con su extraño comportamiento: me muerde, arroja objetos, y duerme la mayor parte del tiempo. Antes me gustaba perseguir a los incautos gatos que había en las calles de Macapá, pero ahora, es ella la que me embosca cuando voy tras el chimpancé de peluche que me arrojan mis dueños.

Aunque el humano sabía que en algún instante de su vida iba a tener un gato negro, no sabía cuándo llegaría ese momento. Sin embargo, la humana propició el "fortuito" encuentro entre ellos y aprovechó un viaje de él para traer a Morita a casa. A su llegada, la diminuta gata era de ojos azules, pero después se volvieron amarillos como los míos. Era tan pequeña, que mientras los humanos estaban frente al computador, ella solía dormir en los sacos de ellos, justo en el bolsillo frontal en el que se calientan las manos cuando hace frío. Con el tiempo creció una pequeña mancha blanca en su pecho y por alguna razón que no sabemos, la punta de su cola parece un pequeño garfio.

 

Morita a las pocas horas de haber llegado a casa en búsqueda de calor perruno.

 

Siempre que llego a casa, después de mis paseos obligatorios, Morita se me acerca para olfatear mis patas y después me pasa su lengua por el pecho. Quizá sea esa su manera de demostrarme afecto, pero no logro acostumbrarme a su carrasposa lengua, así como tampoco logro acostumbrarme a sus repetidas intenciones de dormir junto a mí. Solamente en momentos específicos la dejo acercarse, como cuando arrecia el frío de las noches, aunque casi siempre ella acaba ocupando todo el espacio de mi cama y mi solución inmediata es espantarla con un agudo ladrido; sin embargo, no siempre da resultado. 

 

Morita durmiendo en mi cama y yo en la cama de ella.

 

A pesar de nuestras diferencias, hay momentos en los que nos la llevamos bien. En ocasiones, cuando alguna mosca entra a la casa, entre los dos la cazamos. Por las noches, ella corre hasta alguna de las habitaciones y mi tarea es buscarla en la oscuridad. A veces nos compartimos la comida, e incluso, bebemos agua del mismo recipiente. Pero debo confesar que en ocasiones pienso que me quiere robar el amor de los dos humanos que me rescataron.

Todos esos comportamientos a veces resultan divertidos, razón por la cual los humanos de la casa nos graban videos y toman fotos casi siempre (ver colección en mi Instagram); sin embargo, otras conductas han sido desafiantes, pues pensábamos que ella se iba a comportar como un gato, o al menos, como nosotros creíamos que eran los gatos: independientes. Siempre que salimos, parece que quisiera comernos con sus ojos y con su mirada penetrante nos dice que no la dejemos mucho tiempo sola. Durante las noches, cuando se hace tarde, ella comienza a tirar las cosas, se trepa al extractor de la cocina y maúlla incansablemente. Al principio no entendíamos qué trataba de indicarnos, pero después comprendimos que era su forma de decirnos que es tiempo de ir a dormir. Solamente cuando vamos a la habitación ella se calma y después se acuesta en los pies de los humanos.

 

Morita mientras observa aves en casa de la abuela que da mucha comida.

 

A pesar de lo activa que en ocasiones es ella, cuando está tranquila nos transmite calma a los tres, un desinteresado acto que ha sido crucial en los últimos meses. Ni mis dueños ni yo nos hemos sentido muy bien debido a diferentes dolencias físicas y emocionales: ellos lidian con dolores crónicos de espalda y preocupaciones laborales, y yo con un posible cáncer de piel, un problema hepático, y la ansiedad que la época decembrina me produce por la quema de pólvora, a pesar de que la administración municipal del lugar donde vivo prohibió su comercialización y uso.

Solamente espero ofrecerles a mis dueños la misma calma que nos brinda Morita, o al menos darles felicidad, aunque siento que sí lo hago. Debe ser por eso que el humano se inventa ridículas canciones y me las canta cada vez que llega de la oficina, pero sobre todo, cada vez que llega de un viaje largo por la selva. En esos afectuosos encuentros he notado que algunas lágrimas escurren por su rostro cuando nos ve a ella y a mí. Y es que ambos, ella negra y yo blanco, somos como dos fuerzas opuestas, pero al mismo tiempo, complementarias: como la luz y la oscuridad, el día y la noche, el bien y el mal, y los perros y los gatos, comúnmente descritos como enemigos, pero conjuntamente, amigos de los humanos.


Morita y yo en casa.

 

Parece que el cariño por los animales que comenzó en los noventa con un pulgoso perro "pequinés con salchicha" blanco y negro, y una esmirriada poodle blanca, continúa casi treinta años después con la misma tonalidad gracias a mí, un anciano perro blanco, y a Morita, una joven gata negra. A pesar de la simpleza de nuestra escala monocromática, le hemos dado color a la vida de los dos humanos que hay en casa. Modestia aparte, ahora entiendo por qué ellos dicen que la vida es mejor a blanco y negro.



Comentarios

  1. Es una hermosa historia, me sentí parte de ella en la llegada de Orejas a sus vidas, aquí en Amazonas y me gustó completar la historia (antes y después). Es una dulce, real y amorosa forma de narrar la conexión con estos seres tan únicos. Gracias Bayron. Saludos a Angélica.

    Diana Deaza

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  2. História maravilhosa! Em parte dela, voltei à Macapá. Tudo de bom para vocês, amigos!

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    1. O último comentário foi meu: William. jejejeje...

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    2. Obrigado. Pois é! Macapá foi especial para todos nós.

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