Lugares de Agua: Amazonas, Guainía y Nariño

*Los nombres de algunas personas en este relato han sido cambiados.


El agua cubre cerca del 70% de la superficie terrestre. Apenas el 2,5% del agua de la tierra está disponible como agua dulce, presente principalmente en lagos, ríos, aguas subterráneas, hielo, etc., y el 97,5% restante es agua salada. Una parte de esta última reposa en los mares interiores, como el mar Negro, donde se disputa actualmente una cruenta batalla entre dos antiguos miembros de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), y donde el canal de Bósforo, que divide a Europa de Asia, le da acceso; y el mar Caspio, del cual el mundo obtiene una gran parte del caviar que proviene de las huevas de esturiones, como el esturión beluga (Huso huso), cuya subpoblación, junto con la del mar Negro, ha sido clasificada En Peligro Crítico (CR), una "suerte" que no tuvo la subpoblación del mar Adriático, extinta desde los años 80 por la sobrepesca.

 

Bósforo en Estambul (Turquía). El canal, de casi 30 kilómetros de longitud, permite la comunicación entre el mar Negro y el mar de Mármara.
Foto: Bayron Calle.


El mar Caspio es considerado el lago más grande del mundo y es alimentado por cerca de 130 ríos. Sus aguas le pertenecen a Rusia, Azerbaiyán, Kazajstán, Turkmenistán e Irán. En este último país existe una línea de costa sobre el Caspio de más de 600 kilómetros en la que se asientan varias ciudades entre las que se encuentra Ramsar, donde el 2 de febrero de 1971 se reunieron representantes de varios países con el objetivo de propender por la conservación de los humedales, dada su importancia para las especies de aves acuáticas. Como producto de ese encuentro se creó la Convención sobre los Humedales Ramsar, cuyo objetivo es velar por la conservación y uso sostenible de estos ecosistemas alrededor del mundo, clasificados como marismas, pantanos y turberas, o superficies cubiertas de agua dulce, salobre o salada, incluidas las extensiones de agua marina. El planeta tiene diferentes lugares designados como sitios Ramsar; es decir, como humedales de importancia internacional. Entre los más conocidos está el río Negro en Brasil, famoso por ser el sitio Ramsar más grande del mundo con una extensión de cerca de 12 millones de hectáreas.

He tenido la posibilidad de visitar algunos sitios Ramsar sin saber que lo eran, como la Zona Marina Parque Nacional Machalilla (Manabí, Ecuador), incluida la Isla de La Plata y las playas de arena blanca hasta las que llega el bosque seco tropical; la Reserva Nacional de Paracas (Ica, Perú), con costas empedradas, playas de arena roja, e islas donde descansan leones marinos y miles de aves; el Lago Titicaca (La Paz, Bolivia), donde tuve la oportunidad de remar ante el frío feroz de los Andes; y Los Lípez (Potosí, Bolivia), en cuya área se localiza la Reserva Nacional de Fauna Andina Eduardo Avaroa, el lugar más impresionante que he conocido, con lagunas de aguas coloridas que contrastan con el azul del cielo, con el rosado de docenas de flamencos, y con el blanco del hielo Andino. También he pasado cerca de otros sitios Ramsar sin saber que lo eran, como el Complejo de Humedales Urbanos del Distrito Capital de Bogotá (Cundinamarca, Colombia), muy cerca de donde vivo; los Humedales de Montaña La Kisst (Chiapas, México), que proveen de agua a la ciudad de San Cristóbal de Las Casas; y el archipiélago de Anavilhanas, en la parte baja del río Negro en el Parque Nacional de Anavilhanas (Amazonas, Brasil).

 

Isla de La Plata (Ecuador), perteneciente a la Zona Marina Parque Nacional Machalilla, y designada como sitio Ramsar en 1990. La isla se localiza a 40 kilómetros de Puerto López y en ella habitan aves como los piqueros y las fragatas.
Foto: Bayron Calle.


Islas Ballestas en la Reserva Nacional de Paracas (Perú). Fue designado como sitio Ramsar en 1992.
Foto: Angélica Martínez Alfonso.


Lago Titicaca en Copacabana (Bolivia). Se localiza en la cordillera de los Andes, en Perú y Bolivia, a 3.820 metros sobre el nivel del mar. Se considera el lago navegable más alto del mundo. Fue designado como sitio Ramsar en 1998.
Foto: Angélica Martínez Alfonso.


Flamencos en la Laguna Colorada en Los Lípez (Bolivia). Fue designado como sitio Ramsar en 1990.
Foto: Angélica Martínez Alfonso.


Pato de alas azules (Spatula discors) en el Complejo de Humedales Urbanos del Distrito Capital de Bogotá (Colombia). El lugar fue designado como sitio Ramsar en 2018.
Foto: Angélica Martínez Alfonso.


Mi acercamiento consciente a un sitio Ramsar ha sido con tres de ellos en Colombia, que si bien están separados entre sí por más de 900 kilómetros debido a que se localizan cerca de sitios fronterizos, tienen en común su conexión con la región Amazónica: el Complejo de humedales Lagos de Tarapoto en cercanías a Perú, el Complejo de Humedales de la Estrella Fluvial Inírida en cercanías a Venezuela, y la Laguna de la Cocha en cercanías a los Andes Ecuatorianos.

La cuenca amazónica, de una extensión aproximada de 7,4 millones de kilómetros cuadrados, es esa región en la que los ríos drenan sus aguas hacia su cauce principal, el río Amazonas. El bioma Amazónico, entre tanto, abarca la zona de bosque húmedo tropical de esa cuenca, extendiéndose hasta algunas zonas adyacentes de otras cuencas donde además de bosque, hay ecosistemas de sabana. El bioma Amazónico incluye una parte de la cuenca del río Orinoco y abarca nueve países: Colombia, Venezuela, Guayana, Surinam, Guyana Francesa, Brasil, Bolivia, Perú y Ecuador. Tanto la Laguna de la Cocha como los Lagos de Tarapoto están al interior de la cuenca Amazónica, pero la Estrella Fluvial Inírida no, pues sus aguas drenan al río Orinoco; sin embargo, el sitio se reconoce por pertenecer al bioma Amazónico.

 

Mapa de la región Amazónica. El bioma Amazónico está representado por la línea verde continua, la cuenca Amazónica por la línea azul continua, y la cuenca del Orinoco por la línea azul punteada. A: Laguna de la Cocha en el departamento de Nariño. B: Estrella Fluvial Inírida en el departamento del Guainía. C: Lagos de Tarapoto en el departamento del Amazonas.
Mapa: Bayron Calle.


Lago Tarapoto: nadando entre delfines.

Una mañana de noviembre de 2007, varios compañeros y yo nos embarcamos en un bote de madera y partimos desde una cabaña localizada a orillas de la quebrada Matamatá, un pequeño afluente del río Amazonas. El bote era impulsado por un motor peque peque, un ruidoso pero eficiente armatoste que es ampliamente usado por las personas que habitan en las orillas de los ríos de la región. Recorrimos el sur del trapecio Amazónico colombiano navegando aguas arriba por el río Amazonas y viajamos los casi 15 kilómetros que nos separaban de Puerto Nariño, un pequeño poblado localizado justo donde el río Loretoyacu le entrega sus aguas al gran Amazonas. Las aguas del primero, completamente oscuras, contrastaban fuertemente con las aguas marrones del último río, formando una línea en la que la diferencia de ambas aguas se observaba perfectamente.

 

Encuentro de las aguas blancas del río Amazonas y las aguas negras del río Loretoyacu. Son llamadas aguas blancas porque nacen en la cordillera de los Andes y presentan alto contenido de sedimentos, y aguas negras porque nacen en la misma selva y tienen alta concentración de material orgánico disuelto.
Foto: Angélica Martínez Alfonso.


Puerto Nariño es un pequeño municipio del departamento del Amazonas que está localizado a casi 80 kilómetros de Leticia. Sus calles son peatonales y paralelas a ellas, se extienden coloridas construcciones de madera que siguen el terreno colinado sobre el que se asienta el pueblo. Allí no existen edificios altos, pero hay algunas gigantescas torres de madera desde las que se divisa con completa claridad la inmensidad de la selva y la majestuosidad de los ríos y lagos.

 

Vista desde uno de los miradores en el municipio de Puerto Nariño.
Foto: Angélica Martínez Alfonso.

Después de almorzar retomamos el recorrido en el bote aguas arriba por el río Loretoyacu. Unos kilómetros después nos desviamos a la izquierda y entramos a un lago cuyo espejo de agua tenía cerca de 100 hectáreas. Más adelante remontamos un estrecho canal, con franjas que variaban entre los 20 y los 50 metros de ancho, y con una longitud de casi tres kilómetros. El canal, al igual que el lago, estaba rodeado por una selva que estaba comenzando a ser inundada por el aumento del nivel de las aguas normal de la época. El follaje era de una tonalidad muy oscura y algunas bambas se encargaban de sostener grandes árboles de los que colgaban bejucos con flores de color rojo intenso.

Al final del largo canal llegamos a un enorme lago sobre el que se reflejaba la luz del sol a través de destellos emitidos desde las pequeñas ondas que se hacían en la superficie del agua. De repente, un par de delfines rosados (Inia geoffrensis) comenzó a emerger a la superficie, y después se les unieron otros, y otros, hasta que el bote fue completamente rodeado por varios de estos impresionantes cetáceos.

Cuenta una historia de esa región que hay un bufeo colorado; es decir, un delfín rosado, que observa desde el río a las mujeres solitarias que se acercan a las orillas. El bufeo se transforma en un hombre seductor y se acerca a la mujer para conquistarla con sus encantos. Luego de pasar la noche juntos, el hombre desaparece, pero ha dejado la semilla de la vida en la mujer, quien nueve meses después da a luz a un hijo cuyo padre se encuentra nadando en el río.


Delfín rosado (Inia geoffrensis) en cercanías a Puerto Nariño.
Foto: Angélica Martínez Alfonso.


Estimo que he visitado el Lago Tarapoto al menos seis veces. En alguna ocasión, me aventuré junto con mi compañera a remar en un descompuesto kayak desde Puerto Nariño hasta el lago. Una vez en el centro del lago decidimos arrojarnos al agua. La claridad del día lograba penetrar los primeros centímetros de la columna de agua, ocasionando que la piel diera unos visos rojizos. En otra ocasión, de visita con mis padres, nos aventuramos en un pequeño bote de madera impulsado por un peque peque para visitar el lago. La experiencia resultó ser una descomunal aventura para ellos por ser apenas la segunda vez que tenían contacto con la Amazonía. De regreso, el joven motorista decidió llevarnos por el río Amazonas y descendimos en una playa en la que había un delfín muerto que estaba empezando a descomponerse.


Atardecer en el Lago Tarapoto. El lugar fue designado sitio Ramsar en 2017.
Foto: Angélica Martínez Alfonso.


Estrella Fluvial Inírida: una parte de la Amazonía en el Orinoco.

Después de reclamar nuestro equipaje en el aeropuerto de Inírida, el viejo Jeremías* se fundió en un eterno y cálido abrazo con una señora varios años mayor que él. El par de hermanos se había reencontrado después de dos décadas sin verse, de dos décadas en la que habían mantenido contacto apenas por teléfono. La mujer fue invadida por un espontáneo sentimiento de felicidad y lloró junto con sus hijos, algunos de los cuales ni siquiera Jeremías conocía.

 

Río Inírida en cercanías al municipio de Inírida. Al fondo, lado izquierdo, se observan los cerros Mavecure, Mono y Pajarito.
Foto: Bayron Calle.


En 2025 visité Inírida junto con cuatro indígenas del Vaupés, entre ellos Jeremías. Sería un fugaz viaje por un lugar que fue designado sitio Ramsar en 2014, pero suficiente para recorrer los ríos que alimentan una de las zonas más emblemáticas del oriente de Colombia, el departamento del Guainía. Para nosotros cinco este era un territorio nuevo y todos estábamos ávidos por comenzar el recorrido que duraría casi una semana. Mis cuatro acompañantes esperaban compartir aspectos relacionados con su cultura y todos nosotros esperábamos conocer un poco sobre el contexto del lugar que estábamos visitando.

Me habían dicho que allí no había prácticas culturales fuertes, salvo por algunos alimentos que se consumían y por las lenguas locales que se hablaban, como el Curripaco y el Puinave. Por supuesto, mi intención no era emitir juicios, pues siembre he insistido en practicar la cultura con lo que se tiene. Sin embargo, en Guainía, como en muchos otros territorios de la vasta región Amazónica, llegaron misiones evangelizadoras que mostraban a un único Dios que abriría las puertas del cielo. Fue así como en los años 40 llegó a Inírida la norteamericana Sophia Müller, como dicen algunos, para salvar del alcoholismo a los indígenas, enseñarles buenas costumbres y educarlos para que los blancos no pasaran por encima de ellos, sobre todo en los tiempos en los que debido al comercio del caucho se explotaba de manera cruenta a los habitantes de esas selvas. Para otros, sin embargo, Müller es la representación de un proceso de pérdida cultural y de satanización de las costumbres de muchos pueblos ancestrales. Sólo sé que durante nuestra primera noche, varios indígenas de la zona que vestían atuendos de “indígena Amazónico” danzaron a la luz de una enorme fogata para darle la bienvenida a mis compañeros del Vaupés y a otras personas del Vichada y del Putumayo.

El primer recorrido fluvial comenzó partiendo del puerto de Inírida. Allí había un impresionante movimiento de cargue y descargue de mercancías de varias lanchas. Partimos aguas abajo por el río Inírida y unos minutos después nos topamos con el río Guaviare, cuyas aguas tenían un aspecto turbio que contrastaba con el color oscuro de las aguas que dejábamos atrás. Las orillas del río Guaviare eran marcadamente diferentes a las del río anterior, y de ellas emergían varios yarumos cuyas hojas blanquecinas resaltaban entre el fondo verde claro de la vegetación. Esporádicamente, algún árbol de Ceiba sobrepasaba a los otros árboles o se erguía sobre algún potrero. Por momentos, nos topábamos con bandadas de garzas blancas que se perchaban sobre algunos troncos que habían sido arrastrados por la corriente del río.

 

Río Guaviare entre los departamentos de Vichada y Guainía.
Foto: Bayron Calle.

Después de navegar por casi 30 kilómetros las aguas del Guaviare nos topamos con San Fernando, un pequeño poblado venezolano localizado en la confluencia de los ríos Ventuari, Atabapo y Guaviare, marcando, para algunos, el inicio oficial del enorme río Orinoco, cuya cuenca ocupa más de la mitad del territorio venezolano y casi un tercio del colombiano. Fuimos hacia el sur por el Atabapo, subiendo unas aguas mucho más oscuras que las del Inírida. A nuestra izquierda estaba Venezuela y a nuestra derecha Colombia. En las orillas se levantaba una vegetación baja y dispersa y en algunos tramos sobresalían enormes rocas y playas de arena blanca. Luego de varios kilómetros terminamos nuestro recorrido en una comunidad del lado colombiano en la que después emprendimos una caminata por una sabana de arenas blancas sobre la que corría superficialmente un agua rojiza. La comunidad era un pequeño caserío de gente tímida, con casas de barro y una vista hacia unos tepuyes que se podían ver a lo lejos en dirección a Venezuela.

 

Río Atabapo, marcando la frontera entre Venezuela al oriente y Colombia al occidente.
Foto: Bayron Calle.


En otro de los recorridos que hicimos aguas arriba por el río Guaviare, después del encuentro de sus aguas con el río Inírida, visitamos una comunidad situada a la orilla de un lago. Para llegar había que navegar por una serie de canales angostos que terminaban en una gran laguna en la que justo al entrar, nos recibieron varias toninas, como le dicen a los delfines rosados en la región.

Una madrugada, mientras caía una lluvia intensa, navegamos aguas arriba por el río Inírida. Con el paso de las horas la luz del día comenzó a aparecer, pero la lluvia no cesaba y el frío se intensificaba por el viento que se producía al navegar. Algunas horas después llegamos a un lugar que hacía varios años me ilusionaba conocer, los Cerros de Mavecure, un conjunto de tres bloques de roca maciza llamados Pajarito, Mono y Mavecure que se localiza en la orilla del río Inírida.

Debido a la intensa lluvia, la visibilidad era muy reducida y mientras navegábamos se podían observar los cerros como si fueran paredes. Por la oscura piedra se arrastraban varias columnas blanquecinas de agua que le daban una apariencia distinta a la imagen que mi cabeza tenía sobre esas majestuosas rocas. El objetivo era subir a una de las enormes piedras para tener la vista majestuosa de la selva rodeando los cerros; sin embargo, la lluvia no cesó y finalmente no fue posible llegar a la cima de uno de los cerros para tener la vista que tanto anhelaba. ¡Parece que tendré que regresar!

 

Cerro Mono (izquierda) y cerro Pajarito (derecha) a orillas del río Inírida.
Foto: Bayron Calle.


Laguna de la Cocha: desde los Andes hacia el Amazonas.

Visité Nariño por primera vez en 2009, realizando un viaje de 22 horas en bus desde Bogotá hasta Ipiales. Luego regresé a Ipiales desde Quito en 2012 porque debía resolver un asunto migratorio, pues mi visa ecuatoriana de estudiante estaba próxima a vencerse. Mi único contacto con Nariño había sido en esas dos visitas a Ipiales, en las que aproveché para dar una vuelta por el Santuario de Nuestra Señora del Rosario de Las Lajas y para degustar un cuy frito que no resultó tan bueno como el asado.

Amo la aviación, y debo confesar que una de las cosas que me ilusionaba de visitar Pasto, la capital del departamento de Nariño, era experimentar la sensación de aterrizar en esa pista paralela a un profundo cañón, donde los vientos son cambiantes e impredecibles. Pues bien, hace poco visité la fría ciudad, y efectivamente fueron necesarias dos aproximaciones frustradas al aeropuerto, un retorno a Bogotá para que el Airbus cambiara de tripulación, y una tercera aproximación para finalmente tocar suelo nariñense. Llegar allí no es apto para cardiacos.

Luego de atender un evento sobre cambio climático en Pasto, y de desanimarme porque entendí que la solución de fondo a la crisis climática es más política que técnica, decidí embarcarme en un viejo taxi con otras personas para serpentear la cordillera de los Andes hacia el oriente de la ciudad. Justo cuando el vehículo estaba a 3.240 metros sobre el nivel del mar, este comenzó a descender. Toda gota de agua que cayera del cielo a nuestras espaldas escurriría hacia el océano Pacífico, pero la que cayera enfrente, llegaría hasta el río Amazonas. Adelante se comenzaba a extender la mayor cuenca hidrográfica del mundo, y mientras seguíamos por la sinuosa carretera, los ríos voladores continuaban llevando vapor de agua que era condensado sobre el páramo y el bosque Andino que cubría las montañas adyacentes.

Luego de una hora llegamos a la Laguna de la Cocha, bañada por varios ríos, pero drenada por un único canal que va hasta el río Guamués, un afluente del río Putumayo. Esta laguna, con más de 4.000 hectáreas de superficie, se localiza a 2.780 metros de altitud. Tomé un bote junto a una familia que visitaba la zona y navegamos por el lugar. La embarcación era manejada por Albeiro*, un habitante de la región que se ganaba la vida como pescador y transportando turistas en ese bote impulsado por un pequeño motor fuera de borda que dominaba con su mano izquierda. Su mano derecha la mantenía bajo una gruesa ruana que usaba para protegerse del frío y en la que había un enorme lobo tejido. Mientras hacíamos una pequeña escala en la Isla de Corota, Albeiro me comentó que en las montañas de alrededor era posible avistar pumas (Puma concolor), y que en la laguna eventualmente se aventuraban a nadar las dantas o tapires de montaña (Tapirus pinchaque). Me emocionó su información, pues aguas abajo en el departamento del Putumayo, por supuesto a varios kilómetros de donde estaba, he estado apoyando a una comunidad indígena de la etnia Inga que hace varios años viene realizando el monitoreo del tapir de tierras bajas (Tapirus terrestris, ver información sobre el proyecto aquí), con la sospecha de que más arriba en su territorio también está presente el tapir de montaña.

 

Laguna de la Cocha (Nariño). El lugar fue designado como sitio Ramsar en 2001.
Foto: Bayron Calle.


A orillas de la laguna existe un pequeño conglomerado de casas conocido como el puerto o la Venecia de Colombia. El lugar es atravesado por varios canales que conducen a la laguna y en sus orillas sobresalen coloridas construcciones hechas con madera. Los canales son atravesados por varios puentes peatonales que dan la impresión de caminar sobre un enorme espejo, pues en sus oscuras aguas se refleja todo lo que hay alrededor.

 

Caserío localizado a orillas de la Laguna de la Cocha.
Foto: Bayron Calle.


Caserío localizado a orillas de la Laguna de la Cocha.
Foto: Bayron Calle.


A pesar de la incertidumbre sobre el origen de la vida, es claro que para el surgimiento de esta fue necesario la presencia de agua. Ya sea en aguas salobres al interior de la tierra, en lagunas Amazónicas o Andinas, en la confluencia de varios ríos, o en la inmensidad de los océanos, el agua sigue siendo fundamental para el sostenimiento de la vida. Los humedales, componentes de la naturaleza de los que se sirven las poblaciones humanas, quizá representan un pequeño porcentaje del agua de la tierra, pero albergan una diversidad compleja que está siendo amenazada por diversas acciones humanas, de allí la necesidad de crear iniciativas para su protección como la Convención sobre los Humedales Ramsar. Los humedales son lugares de agua, pero también, lugares de luz y color.

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