El diablo vive en Guaviare


*Los nombres de algunas personas en este relato han sido cambiados.

 

"Mija, dónde está ese muchacho, se cayó un avión". Dice mi madre que le preguntó mi abuela el día en el que el pequeño Cessna de matrícula HK-2803 partió de Araracuara rumbo a San José, capital del Guaviare, y se estrelló en la selva cercana al río Apaporis en el departamento del Caquetá. Ese lunes de mayo de 2023 los titulares inundaron la televisión con reportes en los que se hablaba sobre una aeronave desaparecida en algún lugar de las selvas del Guaviare y mientras tanto, yo seguía volando entre Bogotá y San José. Al aterrizar, me enteré del siniestro y en mi teléfono había un sinfín de llamadas perdidas de mi familia. Debo confesar que durante los 40 días que duró la operación de búsqueda de los cuatro hermanitos Mucutuy, ocupantes del avión accidentado, agarraba mi celular cada mañana al despertar para buscar noticias y saber si los niños habían aparecido.

En Guaviare la selva se traga a los aviones, y no hago referencia solamente al de los niños perdidos, sino también a los que la manigua ha mantenido bajo su sombra y que el narcotráfico ha perdido desde que se estableció como actividad económica en el departamento en la década de los 70. En Guaviare la proliferación de cultivos ilícitos hizo que en abril de 1988, aproximadamente 40 indígenas se desplazaran de la selva hacia el municipio de Calamar, estableciendo el primer contacto oficial con los Nukak a pesar de que 20 años atrás ya se había tenido noticias de ellos, y aunque la nación ha intentado restablecer sus derechos, hoy es común ver a algunos jóvenes de este pueblo en las calles de San José en condiciones de indigencia y mendicidad. En Guaviare, la colonización, producto de la violencia bipartidista de los años 50 y de la posterior migración incentivada por el mismo Estado, propició un crecimiento poblacional que fue de norte a sur por la carretera que comunica a San José con Calamar. En Guaviare, hoy la deforestación avanza y amenaza tierras indígenas y diversos sitios de importancia biológica y cultural, mientras que de manera paralela los medios de comunicación mencionan sobre asesinatos y secuestros. Hoy en Guaviare, vive el diablo.

 

Pérdida de bosque en el departamento del Guaviare entre los años 2000 y 2020. Los datos espaciales de deforestación fueron tomados de la Red Amazónica de Información Socioambiental Georreferenciada (RAISG).
Mapa: Bayron Calle.


Recuerdo que llegué a San José por primera vez en octubre de 2021. En el aeropuerto había un grupo de música llanera acompañado de varias parejas bailando que les daban la bienvenida a los visitantes. Tomé un taxi y me dirigí al hotel, un edificio viejo de varios pisos con un ascensor que no funcionaba. Mi habitación era un espacio caluroso de aproximadamente 12 metros cuadrados. En una de las paredes colgaba un ventilador ruidoso y en otra había un ventanal que iba desde el techo hasta el piso, por el que podía ver hacia una gran y transitada avenida. En el curtido vidrio colgada una cortina azul oscuro que no alcanzaba a cubrir la totalidad de la ventana, dejando un espacio de cerca de 40 centímetros entre el piso y la empolvada tela por donde entraba la luz de los bulliciosos buses que salían por las noches hacia Bogotá.

San José es una ciudad de cerca de 46.000 habitantes localizada en la margen sur del río Guaviare. Pareciera que cuando la ciudad comenzó a construirse estaban pensando en grande, porque la malla vial consta de varias avenidas de doble calzada. El objetivo de mi viaje era visitar varios territorios indígenas y para ello nos movilizábamos en una camioneta de una de las empresas locales de transporte. El conductor que nos transportaba por las trochas manejaba de manera miedosa y cruel, en uno de los recorridos uno de los integrantes del grupo se fracturó cuando el soporte de hierro de uno de los asientos de la camioneta se levantó y le aplastó un dedo del pie debido a las repetidas sacudidas y saltos que daba el vehículo.

Recuerdo que las personas de uno de los territorios que visitamos hacían referencia a un sitio específico en el que apenas dos años atrás, por la carretera que les daba acceso a sus tierras (por fuera del territorio indígena), existía una densa cubierta de bosque Amazónico con árboles frondosos. Dicen que entre las copas saltaban los churucos (Lagothrix sp.) y que entre las raíces se escondían las guaras (Dasyprocta sp.). Hoy, sin embargo, la carretera ya no está cubierta por bosque y en vez de árboles y monos hay extensos potreros con algunas escuálidas vacas.

 

Potrero con ganado vacuno en cercanías a un territorio indígena en el departamento del Guaviare.
Foto: Bayron Calle.

 

De acuerdo con datos de la Red Amazónica de Información Socioambiental Georreferenciada (RAISG), entre los años 2000 y 2020 se perdieron 23.004 km2 de bosque en la Amazonía colombiana, una superficie aproximada a la del departamento del Cesar. Según un análisis que realicé con la información espacial de RAISG, de ese total, cerca del 15,8% (3.641 km2) se ha deforestado en el Guaviare, una cifra por debajo de los valores registrados en el mismo periodo en Caquetá (4.086 km2), pero arriba de los registrados en Meta (3.282,4 km2) y Putumayo (3.005,5 km2). De manera general, la pérdida de cobertura forestal tiene efectos negativos sobre la biodiversidad, y aunque en algunos remanentes de bosque del Guaviare persisten aves grandes como las pavas y primates de porte grande, medio y pequeño, es difícil saber si las poblaciones de estas especies serán viables a largo plazo. Adicionalmente, la deforestación libera el carbono almacenado por el bosque, lo que aumenta la emisión de gases de efecto invernadero y en consecuencia, agrava la crisis climática provocada por el calentamiento global. De ahí la importancia de mantener áreas que permitan salvaguardar los bosques, como las áreas protegidas (AP) y en la mayoría de los casos, los territorios indígenas (TI). De hecho, en Guaviare el mayor porcentaje de bosque perdido se ha registrado por fuera de las AP y de los TI.

 

Pérdida de bosque anual y pérdida de bosque acumulada en el departamento del Guaviare entre los años 2000 y 2020. Los datos espaciales de deforestación fueron tomados de la Red Amazónica de Información Socioambiental Georreferenciada (RAISG).
Elaboró: Bayron Calle.


Porcentaje de pérdida de bosque entre los años 2000 y 2020 en territorios indígenas (TI), áreas protegidas (AP) y áreas por fuera de TI y AP en el departamento del Guaviare. Los datos espaciales de deforestación fueron tomados de la Red Amazónica de Información Socioambiental Georreferenciada (RAISG).
 Elaboró: Bayron Calle.


Cuatro meses después de mi primera visita al Guaviare volví a San José y en la calurosa ciudad me encontré con Arturo*, un colaborador perteneciente a un territorio indígena del departamento. Mi objetivo en ese viaje era internarme en la selva con un grupo de indígenas provenientes de otro departamento, que hacía varios años había llegado a un nuevo territorio. Años atrás ellos habían iniciado un arduo proceso de restablecimiento de sus actividades culturales, como la construcción de su maloca y la elaboración de instrumentos tradicionales, de manera que debían recorrer la selva para buscar y mapear los sitios donde se encontraban elementos de la naturaleza como palmas, resinas, semillas, partes de animales, entre otros. Para cumplir con esto debíamos caminar cerca de 80 kilómetros (40 de ida y 40 de regreso) por una selva que ni ellos ni yo habíamos explorado antes.

En la noche fui con Arturo a tomar caldo a un sitio cercano al centro de la ciudad. Mientras degustábamos de nuestra cena, él mencionó con voz baja y con tono de preocupación: “compa, tenemos un pequeño problema, parece que la gente del monte (grupos armados ilegales) anda por ahí, yo no sé si podamos salir”. Dejé caer un pedazo de pescado en el plato y el caldo salpicó hasta en mis gafas. ¿Gente del monte? Realmente podía ser un problema, qué pensarían ellos al ver a un forastero como yo en la selva. Le dije a Arturo que era conveniente hablar con Jacinto*, el sabedor de su comunidad. Él tendría la última palabra y nos diría si podíamos entrar a la selva o tendríamos que cancelar nuestra expedición.

Al día siguiente abandonamos San José por la ruta 75, vía que se había pensado desde 1995 como una carretera de casi 500 kilómetros que uniría a Puerto Leguizamo (en la margen norte del río Putumayo) con la Tagua (en la margen sur del río Caquetá), pasando por el centro del departamento del Caquetá, justo al noroccidente de la Serranía del Chiribiquete hasta llegar a Calamar y conectar con San José. Hoy apenas existe un tramo de la ruta 75 y es la que va de San José a Calamar. Para cuando hice este viaje, cerca del 70% de la carretera estaba sin asfaltar.

Pasando por un poblado cercano sobre la vía, Arturo hizo algunas compras y después nos dirigimos más hacia el sur por una carretera peor que la anterior. Al principio se pasaba por potreros y después por un corto trayecto por debajo del dosel del bosque. En todo momento veíamos a lo lejos una nube de color gris y marrón a la cual nos íbamos acercando cada vez más, hasta que nos topamos con ella de frente. Habíamos llegado a un punto en el que decidimos parar porque la trocha estaba completamente envuelta en humo. A lo lejos se podía escuchar el crujir de los leños y se veían varias aves huyendo del lugar. Arturo decidió inspeccionar la trocha, descendió del carro y caminó en dirección hacia la nube de humo y poco a poco su imagen se fue perdiendo como en una especie de neblina tóxica. Pasaron 20 minutos y él retornó, nos dijo al conductor y a mí que el fuego se localizaba apenas a un lado de la carretera y que no estaba tan fuerte, que podíamos continuar. Al avanzar por la trocha el aire se sentía diferente y la temperatura era marcadamente mayor a la que había donde estábamos minutos atrás.

 

Fumarola producida por un incendio en el departamento del Guaviare.
Foto: Bayron Calle.


 

Incendio en el departamento del Guaviare. Luego de talado el bosque, se incinera el material leñoso para darle paso a la siembra de pasto y establecer ganadería. 
Video: Bayron Calle.

 

Una vez en la comunidad indígena realizamos una preparación de dos días que consistía en reforzar los conocimientos sobre el manejo de GPS y brújula, y lectura de cartografía análoga. El plan era caminar entre el extremo norte y el extremo sur del territorio indígena en el que me encontraba, nuestros cálculos indicaban que podíamos hacer el recorrido de ida y vuelta en 10 días siguiendo coordenadas determinadas. La última tarde antes de salir, las siete personas que nos internaríamos en la selva, entre los que también estaba Oscar*, un joven chamán, nos reunimos para repartir los alimentos, que consistían en panela, arroz, sal, aceite y varios enlatados. Por supuesto, algunos llevaban fariña, una preparación hecha a base de yuca rallada y tostada. Arturo impartió varias recomendaciones y después nos indicó que debíamos visitar a Jacinto.

En casa de Jacinto, como en el resto de las viviendas de casi toda la comunidad, no había energía. Él estaba sentado en un pequeño banco de madera en una esquina de ese espacio encerrado por tablas y con piso de tierra. Del techo y de las paredes colgaban varios artilugios para preparar alimentos, cazar y danzar en las ceremonias tradicionales. En un palo que sobresalía de una columna había una guacamaya acurrucada a la que le faltaban varias plumas de sus alas, pues las habían usado para elaborar las coronas que se utilizan durante las danzas. Arturo nos pidió que nos sentáramos y nos ubicamos en la esquina opuesta sobre la misma diagonal de Jacinto. Después de un cruce de palabras entre Arturo, Oscar, Jacinto y otro joven chamán, los tres últimos se sentaron y Jacinto sacó de una mochila un pequeño recipiente plástico, lo abrió y vació sobre su mano izquierda rapé, un polvo elaborado con hojas secas de tabaco y cenizas de las hojas de un árbol del género Cecropia. Colocó delicadamente el rapé sobre un tubo elaborado con el hueso de algún animal de la selva y nos sopló ambas fosas a todos los que estábamos allí. La sensación era como si se te volara la coronilla, seguido de un mareo de unos segundos, manos heladas y de inmediato un lagrimeo.

Jacinto se retiró y volvió a su sitio junto con Oscar y el otro joven chamán. Cuando se sentaron, entre los tres se compartieron mambe (un polvo verde que se elabora con hojas secas de coca y las cenizas de una planta) y se lo llevaron a su boca para hacer una bola que guardaron en sus mejillas. Por varios minutos estuvieron sentados en silencio y mientras tanto los que nos internaríamos en la selva esperábamos por algo que yo no comprendía qué era, pero allí seguían los tres chamanes, alumbrados por una vela que emitía una llama tenue y amarilla. Eventualmente conversaban entre ellos en una lengua que yo desconocía y algunos minutos después, Oscar se levantó y conversó con Arturo, él tenía las respuestas de algo que aún seguía sin comprender. Arturo se acercó a mí y me comentó que Jacinto había recorrido los lugares por los que nos internaríamos y que tenía un diagnóstico para nuestra expedición por la selva. ¡Ahora yo entendía menos! El resultado era que no podíamos andar los diez días que habíamos planeado, que el primero y el segundo día todo estaría bien, pero que el tercero debíamos andar con precaución por causa de unas botas, y que sin importar qué quisiéramos nosotros, el cuarto día teníamos que regresar.

¿Jacinto había recorrido los lugares por donde nos íbamos a internar? Cómo era posible, él estuvo sentado allí en todo momento, nunca le quité los ojos de encima, y no podía andar 80 kilómetros en menos de una hora, mucho menos de noche. Resulta que el recorrido no había sido físico, y no pretendo entender con base en la ciencia qué era lo que había pasado, pero lo único que tenía claro era que debía respetar lo que estaba sucediendo allí. El equipo de expedicionarios nos reunimos nuevamente y como ya no andaríamos 10 días, retiramos cosas de la maleta para ir más ligeros, un alivio para mí.

 

Maloca o casa ancestral localizada en la comunidad indígena.
Foto: Bayron Calle.


Primer día

Esa mañana de febrero de 2022 partimos muy temprano rumbo a lo desconocido, con un GPS y una brújula como apoyo, algunas coordenadas como puntos guía y una vieja escopeta terciada en la espalda de uno de los expedicionarios. Iniciamos el recorrido por un camino que los habitantes de la comunidad andaban habitualmente para ir a las chagras, sus lugares de cultivo. Cuando notamos que el camino se empezaba a dirigir hacia otra dirección decidimos internarnos en la selva, por donde no había caminos, por tramos de vegetación espesa y dejando a nuestras espaldas la seguridad de la comunidad.

Al caer la oscuridad, mucho antes de las seis de la tarde, puesto que en la selva anochece más temprano, decidimos instalar el campamento en la orilla de lo que en la época de lluvias era una quebrada. Por esos días los arroyos estaban completamente secos. En ellos se encontraban apenas algunos pozos de aguas estancadas, negruzcas, mal olientes y rodeados de hojarasca. Beber esas aguas era la única manera de saciar la sed y para cambiar su sabor usábamos Frutiño, un refresco en polvo con sabor a frutas. Cuando nos acercábamos a un pozo era inevitable no pisar la hojarasca y de inmediato emergían burbujas de metano desde el fondo.

Esa noche, antes de quedarnos dormidos, escuchamos el crujir de varias ramas, la hojarasca sonando y el agua y el lodo de algunos charcos de la quebrada salpicando. Eran unas dantas que habían decidido moverse por el arroyo seco. Toda la escena era muy normal para ellos, pero para mí no lo era tanto, por lo que junto con Arturo fuimos tras las dantas con la ilusión de poder grabar un video, pero fue imposible alcanzarlas. ¡Qué iluso había sido!

 

Campamento durante la primera noche de expedición. 
Foto: Bayron Calle.

 

Segundo día

Amaneció y continuamos nuestro camino por la selva. Nos desplazábamos en fila y yo iba de tercero, acompañando a la persona que nos guiaba con ayuda de la brújula y el GPS. La primera persona tenía que abrir camino usando un machete, un trabajo difícil, sobre todo en algunas zonas donde la vegetación era muy densa. De repente, las dos personas que iban enfrente mío corrieron y yo hice lo mismo. Todos huimos rápidamente pues quien iba adelante había tropezado con un avispero e involuntariamente lo había partido en dos con el machete. En la huida tiré mi morral para avanzar más rápido, pero esto me dejó la espalda descubierta, por lo que los feroces insectos clavaron sus aguijones en ella, además de mis brazos y piernas. Había llevado la peor parte, incluso quien iba de primero en la fila salió mejor librado. Casi todos resultamos picados por los alados insectos: dos, tres, hasta cuatro picaduras, pero yo tenía 21. Tuvimos que parar por varios minutos y cuando recuperé mi energía seguimos nuestro camino. Dicho episodio no estaba en el diagnóstico realizado por Jacinto, o si él vio la escena, no nos la comunicó.

Por suerte, no todos los animales que encontrábamos en nuestro recorrido eran tan desafiantes. Eventualmente observamos grupos de primates entre los árboles, como los churucos (Lagothrix lagotrhicha), que al vernos agitaban las ramas fuertemente como diciéndonos que esa era su casa. En otros momentos nos topábamos con algunos paujiles (Crax alector) y uno de ellos se convirtió en nuestro desayuno una mañana. Una tarde vimos un venado rojizo (Mazama sp.) que de un salto se alejó de nuestro camino y se perdió entre los árboles. Otra tarde, la persona que iba adelante se topó con un jaguar (Panthera onca) que por desgracia no pude ver. Este esquivo felino se ha convertido en una de mis mayores obsesiones al andar por la selva, después de muchos años en el monte y muchos kilómetros caminados en la manigua, no lo he podido encontrar. Sólo espero no llevarme un susto cuando lo vea.

 

Churuco (Lagothrix lagothricha) avistado durante el recorrido en el territorio indígena.
Foto: Bayron Calle.


Paujil (Crax alector) avistado durante el recorrido en el territorio indígena.
Foto: Bayron Calle.


Al oscurecer armamos el campamento después de recibir varias recomendaciones de Oscar. Cada noche antes de dormir, él encendía un tabaco y se recostaba en su hamaca para evaluar lo acontecido en el día y para premeditar algunos sucesos. Esa noche nos dijo que algunos tigres (jaguares) se acercarían hasta donde estábamos durmiendo, por lo que era necesario hacer guardia y entre dos personas se turnaron para cuidar el campamento a la luz de una pequeña fogata. Efectivamente, esa noche llegó un animal cerca del campamento que seguramente se alejó gracias al trabajo de vigilancia de los guardias. Además del animal llegó una inclemente lluvia, algo que no nos esperábamos en ese tiempo y que nos había dejado sin dónde resguardarnos porque solamente uno de nosotros tenía un plástico para cubrirse. Me las arreglé como pude y me acurruqué en las bambas de un árbol donde docenas de diminutos mosquitos me estaban asechando y allí esperé hasta que la lluvia paró justo al amanecer.

 

Tercer día

Con los primeros rayos del sol que débilmente atravesaban el cúmulo de nubes grises en el cielo comenzaron a llegar algunas abejas. Estas no eran de las típicas abejas negras o marrones de la selva que en el día se acercaban para chupar el sudor de la piel, ni de las que ferozmente se enredaban en el pelo, estas eran similares a abejas "africanizadas". Comenzaron a llegar más, y después más y más. Ninguno quería más aguijones de Hymenoptera atravesando la piel, de modo que sin siquiera preparar el desayuno partimos nuevamente más al sur, rumbo a lo desconocido.

Ese día por la tarde llegamos a la orilla de un arroyo por el que sí corría agua, no estaba estancada y pútrida como la de las quebradas anteriores. Mientras descansábamos y bebíamos agua, uno de los expedicionarios cruzó el arroyo y se adelantó un poco, luego de algunos minutos regresó y empezó a hablar en su lengua con otras personas. Por supuesto yo no entendí nada, pero Arturo después se me acercó y me dijo: “compa, encontramos un camino”. Ellos que han andado la selva toda su vida lograron identificar que el camino, no muy abierto y con algunas plantas cortadas a mano, llevaba algunos meses sin ser transitado. Decidimos seguirlo y 100 metros después hallamos un lugar que había sido habitado rudimentariamente por personas, estábamos en un antiguo campamento.

El diagnóstico realizado por Jacinto estaba resultando ser una profecía. Ese era nuestro tercer día en la selva, y como lo había mencionado él, debíamos tener cuidado con las botas. Comprendí que cuando se refería a botas, no era textualmente un par de botas, sino el camino que acabábamos de encontrar. En mi cabeza las neuronas estaban haciendo corto, por un lado era cierto que, aparentemente, estábamos cerca de la gente del monte, pero por otro lado, no dejaba de pensar en cómo era posible que Jacinto, un señor de tan avanzada edad que nunca había andado esa selva (ni ningún otro habitante de ese territorio) sabía lo que nos íbamos a encontrar por la manigua. Entre los expedicionarios reflexionaron sobre qué era lo más prudente, si regresar, acampar allí o seguir. Oscar encendió un tabaco y comenzó a fumar con su mirada perdida en algún punto dentro de esa inmensa masa verde de selva y después dijo que podíamos avanzar. Con su machete trazó sobre el suelo del bosque una ruta en forma de “L” y dijo que al final íbamos a encontrar un buen lugar para acampar, de manera que seguimos andando. Además, la directriz de Jacinto había sido no avanzar después del cuarto día, por lo que me pareció una decisión sensata ya que no estábamos transgrediendo su recomendación.

Decidimos seguir, no por el camino que nos habíamos topado sino por donde la brújula y el GPS nos indicaban. Casi a las cuatro de la tarde llegamos a un punto en el que se hacía difícil caminar a un buen ritmo. Había tal abundancia de lianas que entre varias personas se tuvieron que turnar la punta de la fila para abrir espacio entre los bejucos. Pasamos sobre algunas lianas y en otros sectores teníamos que arrastrarnos, allí era imposible librarnos de las majiñas, unas diminutas hormigas del género Wasmannia que pican con ferocidad. He tenido la fortuna de andar muchas selvas, pero nunca había visto un sector tan cerrado como el que estábamos atravesando en ese momento. Pasó más de una hora hasta que logramos llegar a un punto de vegetación más espaciada y que coincidía con el que marcaba el GPS, pero ese lugar, no entiendo por qué, no era apto para acampar, por lo que todos decidieron que debíamos avanzar más y nos corrimos cerca de 200 metros hacia un lado, hasta llegar a un sitio con mejores condiciones para pasar la noche.

Ya era algo oscuro y el lugar contaba con algunos árboles grandes, pocas plantas en el sotobosque y una alta densidad de platanillos que alcanzaban hasta cinco metros de altura. Colgué mi hamaca entre dos palos, Oscar sostenía una linterna entre su hombro y su mejilla mientras hacía un techo con las hojas del platanillo puestas sobre unas varas atadas con bejucos. La intención era que yo me resguardara de una posible lluvia. Todo lo que estaba en mi maleta estaba muy húmedo, pero me las arreglé para secar con el calor de mi cuerpo la cobija y la hamaca. Luego de una cena breve alrededor de una fogata Oscar nos dijo que era posible que en la noche llegara un tigre, entonces otras dos personas se quedaron haciendo guardia. Recuerdo en algún momento de la noche haber escuchado un alboroto de la gente porque algo se había acercado al campamento, pero mi cansancio era tal que yo no me levanté de la hamaca.

 

Cuarto día

Cerca de las cuatro de la mañana se levantó Oscar de su hamaca y entre murmullos dijo: “muchachos, muchachos, levántense, estamos en peligro, viene el diablo”. Seguí durmiendo a pesar del alboroto, pero Arturo llegó hasta mi hamaca y me obligó a salir de ella. Me puse las botas e hice lo que me dijeron. Oscar nos pidió que nos hiciéramos en el centro del campamento, al lado de los leños que aún ardían. Pidió hojas secas por montones para hacer mucho humo, con la instrucción precisa de que este no debía irse hacia arriba sino hacia los lados para que todos nosotros y el campamento quedáramos inmersos en la fumarola. Después, él se retiró algunos metros y llegó con un arbolito, previamente deshojado y sin sus ramas con el cual empezó a azotar el aire a la vez que hacía un círculo de cerca de tres metros de radio y en cuyo centro estábamos nosotros. Sus palabras fueron claras: “de este círculo no sale nadie, ni siquiera a cagar”. Y mientras todos estábamos allí, Arturo replicaba que me quedara ahí y que no me moviera. Yo no entendía qué pasaba, ¿venía el diablo? Para mí, venía la gente del monte y me iban a secuestrar.

Oscar nos dio tabaco para fumar mientras los leños seguían ardiendo; entre tanto, otros seguían arrojando hojas secas al fuego para hacer más humo. De repente, fuertes y gélidas ráfagas de viento comenzaron a llegar y no sólo era evidente por el frío que se sentía en la piel sino también porque la vegetación baja comenzó a moverse. Oscar mencionaba repetidamente que el diablo se estaba acercando e insistía en que no hiciéramos ruido y no nos saliéramos del círculo que había trazado, pero honestamente, mi preocupación seguía siendo un secuestro. De pronto, un suave y agudo silbido comenzó a escucharse y con la idea en mi cabeza de que el sonido provenía de un ave Arturo me dijo: “compa, ¿escucha eso?, ese es el diablo”. Era la atmósfera más extraña en la que había estado inmerso en la selva. La escena era realmente sombría, éramos siete personas reunidas junto al fuego, con un viento helado que llegaba a ratos, con un humo que ya estaba ocasionando ardor en los ojos, con la visión limitada porque todo a nuestro alrededor estaba muy oscuro y con un silbido extraño que provenía de un ente desconocido.

Allí nos quedamos hasta que Oscar indicó que nos podíamos mover y cuando comenzó a clarear un poco recogimos nuestras cosas y abandonamos el lugar. Según Oscar, él había conseguido ahuyentar al diablo, pero teníamos que marcharnos rápido y nos devolvimos por el mismo camino que habíamos transitado la tarde anterior. El sitio lleno de lianas y majiña lo pasamos rápidamente y kilómetros después llegamos a la orilla del caño donde habíamos encontrado el campamento. Después de una reunión corta decidimos que íbamos a regresar a la comunidad, pero a mí las rodillas no me lo permitían, las había forzado demasiado, sobre todo cuando aceleramos el paso para escapar del último campamento. Asumí mi incapacidad de igualar la fuerza de los indígenas y les dije que no estaba en condiciones físicas de llegar ese mismo día a la comunidad, todos lo entendieron y optamos por acampar nuevamente en algún punto en medio de la selva.

El nuevo campamento era a la orilla de una quebrada muy seca por la que discurría un pequeño hilo de agua luego de pasar un pozo lleno de palos caídos. Aproveché el pequeño cauce para echarme agua recogiéndola con un pocillo que llevaba conmigo. Ese resultó ser uno de los momentos más placenteros de esa expedición por la selva, pues llevaba varios días sin bañarme. Ese día, uno de los expedicionarios había logrado cazar un animal de la selva que todos comimos con mucho gusto después de la larga y acelerada jornada. Lo que habíamos caminado en tres días, lo estábamos haciendo de regreso en casi un día, por lo que el desánimo y la fatiga de todos nosotros estaban llegando a su límite. Luego de cenar cada uno se fue para su hamaca y esa noche nadie hizo guardia, Oscar mencionó que ya no teníamos ningún peligro acechándonos. Al día siguiente, aprovechando la primera claridad matutina, recogimos nuestras hamacas y retornamos.

 

Uno de los expedicionarios cazando dentro de su territorio durante el recorrido por la selva.
Foto: Bayron Calle.


En la comunidad algunos esperaban por nosotros y se organizaron rápidamente para brindarnos comida. Los expedicionarios traían consigo información sobre dónde estaban algunas plantas para la elaboración de instrumentos musicales y Oscar había guardado los huesos y plumas de un paujil para soplar tabaco y para adornar una corona. Yo, en cambio, traía muchas ronchas en la piel, entre ellas, una en mi pierna derecha de la que semanas después surgió una llaga provocada por la leishmaniasis. Me reporté telefónicamente con mi familia, me enteré de la invasión rusa a Ucrania y por las noticias vi que Jeff Bezos estaba visitando el Guaviare, quizá por esa razón una noche escuchamos un avión sobrevolar la selva.

Había tenido una de las más emocionantes, pero a la vez extrañas, experiencias en la selva. Pensaba en cómo contar la historia que habíamos vivido y en cómo había sido posible que las palabras de Jacinto resultaran tan precisas. Yo estaba acostumbrado, por mi formación en ciencias, a que todo lo podía explicar con datos, pero no tenía cómo explicar los acontecimientos vividos en la selva con ese grupo de personas. Sucesos adicionales con Jacinto en viajes posteriores me hicieron ver que no era preciso tener el cómo y el porqué de muchas situaciones, sino que simplemente era necesario dejarlas pasar, como la vez que en medio de una toma de yagé Jacinto me dijo que necesitaba unas plumas, o la vez que me curó después de una tormenta porque un rayo se había alojado en mi pecho. Me dejé llevar por toda esa inmersión cultural sin la necesidad imperiosa de darle algún sentido basado en el conocimiento de afuera, sino en el conocimiento que Jacinto había adquirido, tal vez, de su padre y su abuelo.

Hoy ese territorio indígena, inmerso en lo profundo de la selva del Guaviare, continúa resistiendo a las presiones externas que provienen de la gente de afuera. Si en Guaviare surge la oscuridad, sus pobladores indígenas han surgido como una luz contra lo que sea que el diablo represente: deforestación, incendios, cultivos ilícitos, gente del monte, o un espíritu de la selva. Yo, solamente sé, que el diablo vive en Guaviare.

 

Comunidad indígena desde donde partimos hacia la selva.
Foto: Bayron Calle.

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