Enmaniguanado (parte 1)

Por aquel entonces en la región predominaban las noticias sobre ataques de grupos violentos, masacres y caseríos incendiados. Era la década de los noventa y en Urabá, la región donde nací, se disputaban el territorio actores armados de diferentes bandos, pero este escrito no es para mostrar cómo un niño de 10 años (mi edad por aquel entonces) vivió indirectamente los horrores del conflicto armado. Puede que más adelante me atreva a escribir al respecto. Aquí, espero exponer cómo llegué a la selva, a eso que muchos llaman manigua.

En 1996, cuando cursaba la primaria en un colegio del municipio de Apartadó, a mi profesor se le ocurrió la brillante idea de llevar a sus estudiantes a un viaje de excursión por el golfo de Urabá, el extremo más al sur del mar Caribe en Colombia. En ese periodo escolar el proyecto de nuestro curso era el mar, y qué mejor que enseñar en contexto con una visita a uno de los tantos sitios de Colombia donde el océano se junta con la selva: Triganá. Esa fue mi primera selva, la que por cierto, no he vuelto a visitar desde 2006.

Triganá es un caserío localizado en Acandí, uno de los dos municipios del departamento del Chocó con salida al mar Caribe. Desde una cabaña ubicada a pocos metros del mar emprendimos una larga caminata hasta llegar a una espesa selva rodeada por potreros y gigantes árboles de Cavanillesia que se erguían en algunos cerros de los cuales descendían arroyos de aguas cristalinas. Cómo olvidar que desde las enormes rocas podía ver el fondo pedregoso de los arroyos, y en él, nadar pequeños crustáceos; y cómo olvidar que entre la hojarasca de la selva ocasionalmente saltaban diminutas ranas de colores brillantes.


Árboles de Cavanillesia en una pequeña colina de Triganá. Foto: Bayron Calle.

 

Sin duda, esa selva que recuerdo con mucho cariño (“mi primera selva”) marcó el camino para que casi una década después comenzara a buscar plantas y animales en otras selvas que cubren a Colombia; incluso, en las que se extienden más allá de sus fronteras. Y por una combinación de azares de la vida y un gusto profundo por la naturaleza comencé a estudiar ingeniería forestal en Medellín. Cuanto más iba entendiendo cómo funcionaban los bosques tropicales, más se forjaba en mi cabeza la idea de conocer la selva Amazónica, la extensión de bosque ecuatorial más extensa del mundo. Recuerdo haber maquinado una idea junto a dos compañeros de la universidad para viajar hasta el extremo sur de Colombia, Leticia, capital del departamento del Amazonas y triple frontera con Perú y Brasil; sin embargo, dicha hazaña resultaba difícil para tres estudiantes de una universidad pública.

Transcurría el 2007 y uno de los paros estudiantiles más largos que recuerde se tomó por ese entonces varias universidades del país. El gobierno de ese entonces buscaba desfinanciar la educación pública y emprendió una campaña de estigmatización contra los estudiantes universitarios tildándolos de terroristas. Durante el paro, regresar a Urabá no era una opción para mí, pues las clases podían iniciar de manera imprevista, de modo que tomé un bus y en 30 minutos llegué al frío corregimiento de Santa Elena. Allí esperaría en la casa de un tío hasta que se normalizaran las actividades académicas de mi Alma Mater.

Una gélida mañana mientras la niebla se levantaba sobre los pinos de alrededor de la casa sonó mi teléfono celular. Llevaba incomunicado varios días porque allí la cobertura de mi operador era deficiente. Del otro lado de la línea me habló una compañera de la universidad, quien muy animada sólo supo decirme: “parce, ¿se quiere ir para el Amazonas?”. Me tomó varios segundos entender de qué me estaba hablando, y cuando comprendí el mensaje me embargó una emoción inmensa. Por fin conocería la Amazonía.

Los profesores encargados de enviarnos a la selva tuvieron que lidiar con diferentes asuntos burocráticos y después de varios meses de espera, en noviembre partió un McDonnell Douglas desde Bogotá y aterrizó en el Aeropuerto Alfredo Vásquez Cobo de Leticia. Qué suerte, estábamos allí y no con nuestros ahorros, sino financiados por algunas entidades nacionales e internacionales que apoyaban el estudio de los bosques tropicales.

Uno de los recuerdos más memorables que tengo de ese vuelo (y de muchos otros que tuve después) son los ríos serpenteando la selva. Mis ojos se perdían en el horizonte, teñido de verde infinito por el manto de bosque. Con el tiempo aprendí a identificar los ríos con facilidad, al menos los más grandes, y constantemente imaginaba cómo sería navegarlos, o cómo sería estar interno entre la selva circundante.


Sector Tres Islas en el río Caquetá visto desde el aire en un vuelo entre Leticia y Bogotá. Foto: Bayron Calle.


Después de un par de días recorriendo la calurosa Leticia tomamos una lancha que nos llevó aguas arriba por el gran río Amazonas hasta llegar a la desembocadura de la quebrada Matamatá. Allí, a la orilla de ese pequeño cauce, estaba la cabaña en la que viviríamos por algunos meses mis cuatro compañeros y yo. El lugar era de madera y se elevaba junto con cientos de metros de senderos a varios pies del suelo del bosque, pues en la época de aguas altas el río Amazonas cubría una enorme extensión de tierra. Eventualmente se escuchaban en la quebrada algunos delfines rosados exhalando aire por sus espiráculos, en la otra orilla se escuchaba una algarabía constante producida por los mochileros que colgaban sus nidos de las ramas de un árbol muy recto y de tronco pálido, y de noche se escuchaba sin parar el croar de los anuros.


Árbol de capinurí (Maquira sp.) localizado a la orilla de la quebrada Matamatá. De él cuelgan los nidos las oropéndolas o mochileros, un ave común en la Amazonía. Foto: Bayron Calle.


El objetivo de mis compañeros y yo en ese viaje al interior de la selva Amazónica era participar, por un periodo de tres meses, en el establecimiento de una enorme parcela para el monitoreo de la vegetación. Se trataba de encerrar una porción de selva de 25 hectáreas (un cuadrado de 500 metros de lado) en la que debíamos medir e identificar todos los árboles, palmas y helechos. Esta titánica labor tomó varios años, pero diferentes grupos de estudiantes se encargaron de esto con la ayuda de personas de una comunidad indígena cercana. Para trabajar, nos valíamos de cintas métricas para medir los árboles grandes y calibradores para medir los pequeños, y para protegernos, nunca nos podía faltar el repelente contra insectos, pues en esa selva creo que vivía la mitad de los mosquitos del mundo.

Vergonzosamente debo admitir que pensé que al llegar al Amazonas encontraría tribus indígenas viviendo en chozas, vistiendo taparrabos y cazando con arcos y flechas. Imaginé encontrar un continuo de selva en la orilla del río, pero percibí que a cada cierta distancia (decenas de kilómetros) había asentamientos de indígenas que no vivían en chozas, no estaban semidesnudos, y en vez de arco y flecha usaban escopeta. Estando allí comprendí una parte de la relación que hay entre la selva y las personas que la habitan, pues esa alfombra verde les provee proteína animal y en algunos puntos, pequeñas porciones son tumbadas para establecer chagras, las áreas de cultivo donde predomina la yuca. Estas se establecen usando un proceso rotatorio que le posibilita a la selva regenerarse después del abandono de una chagra, cuando el suelo ha perdido la fertilidad que le proporciona la descomposición de materia orgánica del bosque; además, les ha permitido a los pueblos indígenas mantener su soberanía alimentaria por muchos años.


Atardecer en Tabatinga, población brasileña vecina de Leticia localizada a orillas del río Amazonas. Foto: Bayron Calle.


Un día fuimos invitados a presenciar la inauguración de una maloca (o casa ancestral) en San Martín de Amacayacu, una comunidad habitada en su mayoría por personas de la etnia Tikuna que se localizaba a varias horas de camino de donde estábamos. En ese entonces no entendí mucho lo que allí sucedía, pero recuerdo que hubo varias personas danzando al son de una música que provenía de pequeños instrumentos de viento fabricados con partes de plantas. Afuera de la maloca, en la parte posterior, había otro instrumento de viento bastante grande, estaba fijo y cuando alguien intentaba acercarse para verlo, de inmediato unos niños ahuyentaban a los curiosos con azotes.

En enero de 2008 regresamos a Medellín. En mi maleta, además de ropa con mal olor, llevaba frutos que eran nuevos para mí, cervezas brasileñas que había conseguido a un precio muy bajo en la vecina ciudad de Tabatinga, y varias artesanías manufacturadas con una madera rojiza para compartir con mi familia. Había esperado mucho tiempo por ese lugar y por fin podía tenerlo en el álbum de mi cabeza.

Con un poco más de contexto Amazónico, en diciembre de 2009 regresé a Leticia, a la misma parcela, pero esta vez con nuevos compañeros. En esa ocasión el viaje fue más largo y durante siete meses pasé varias horas al día desarrollando diferentes actividades de “bachiller con experticia forestal”, como decía una de las personas encargadas de la coordinación en campo y quien ya había obtenido su título de ingeniero. Yo, mientras tanto, continuaba con mis labores antes de graduarme de forestal en 2010. Algunos compañeros colectaban muestras de frutos y maderas, otros identificaban qué especies de plantas había, y yo ubicaba en los troncos de los árboles unas correas plásticas sostenidas con un pequeño resorte para medir milimétricamente el crecimiento de los árboles.

En ese viaje conocí de cerca el trabajo de una ONG local que rehabilitaba animales víctimas del tráfico ilegal de fauna silvestre. No fue solamente el interés por una de las voluntarias del lugar (hoy mi compañera) lo que me llevó a acercarme al trabajo que hacían, sino el hecho de entender en un contexto real la estrecha relación que hay entre las plantas de la selva y los animales, especialmente los primates. Esos seres, la mayoría frugívoros para el caso de nuestros bosques neotropicales, cumplen un rol fundamental al tragar enteras las semillas de los frutos que consumen y luego defecarlas lejos del árbol parental, lo que incrementa la probabilidad de supervivencia una vez germinan y, por tanto, la formación de nuevas plantas para mantener el futuro bosque. En esa ONG habían conformado un grupo de monos churuco (Lagothrix lagothricha) que pretendían reintroducir en la selva. Quizá esos animales no cumplirían con sus procesos ecológicos plenamente, pero al menos se les devolvería la dignidad por el hecho de permitirles saltar en libertad.


Zurba, una de las churucas liberadas. En 2012 tuve la oportunidad de seguirla a ella y a otros individuos en una zona de bosque inundable de la quebrada Matamatá. El objetivo era evaluar si el comportamiento del grupo liberado se asemejaba al de grupos de churucos silvestres. Nos valíamos de una pequeña canoa de madera para seguir al grupo y anotar el tiempo que gastaban moviéndose, alimentándose, descansando e interactuando entre ellos. Foto: Angélica Martínez Alfonso.


Algunos años después el tema de la relación entre plantas y animales me llevó a estudiar y a trabajar en una zona de alta diversidad biológica: el Hotspot de biodiversidad Tumbes-Chocó-Magdalena (antes conocido como Chocó-Darién). Se le conoce como Hotspot (punto caliente) por ser una zona de muchas especies endémicas, es decir, que se encuentran en un solo lugar, pero también porque enfrenta amenazas críticas para la biodiversidad debido a la pérdida de hábitat.

Por casi un año colecté información de campo en las selvas de la provincia de Esmeraldas (Ecuador) para entender de qué manera la abundancia de primates afectaba la regeneración del bosque. Encontramos que en el sitio con mayor abundancia de monos araña (Ateles fusciceps fusciceps) las plántulas del bosque eran de especies con semillas grandes, es decir, que podían ser dispersadas por animales de porte grande. Mientras que en el sitio con menos abundancia de monos araña las plántulas eran de especies con semillas pequeñas o que podían ser dispersadas por el viento (ver estudio completo aquí).

Pero volviendo al Amazonas, en 2011 visité un punto diferente localizado a orillas del río Putumayo, a una pequeña población fronteriza llamada Tarapacá. Allí hice parte de un grupo de profesionales que colectaba información forestal con el objetivo de formular una estrategia para que las comunidades locales, en su mayoría pertenecientes a la etnia Murui-Muinane (conocidos también como Witoto), pudieran comercializar la madera del bosque de manera sostenible.

Por varios meses navegué junto a cuatro personas de la región las aguas del río Putumayo para entrar por varios afluentes que venían del norte. Durante esos días sentí que realmente viví la selva, pues debíamos acampar en lugares apartados en los que la población más cercana estaba a varios días navegando por río. En los recorridos vi por primera vez muchos animales que apenas había visto en fotos o en centros especializados de fauna, como los monos churucos, que enérgicamente movían las ramas en lo alto de las copas intentando espantarnos a nosotros sus parientes, los primates humanos.


Uno de los afluentes del río Putumayo. En esa ocasión, después de varios días de trabajo de campo, el caudal del caño disminuyó y nos dejó atrapados en medio de la selva. Las opciones para salir eran esperar que una lluvia fuerte incrementara el nivel de las aguas o aventurarse a arrastrar el bote y cortar los troncos caídos que se atravesaban sobre el caño. Optamos por la segunda opción. Foto: Bayron Calle.


Una mañana, mientras me bañaba en la orilla de uno de los tantos caños en los que acampamos, una danta (Tapirus terrestris) pasó con su cría. Estos animales son realmente enormes y eres consciente de su tamaño solamente cuando los tienes cerca. En dos ocasiones, un grupo de varias decenas de cerdos de monte (Tayassu pecari) nos obligó a los guías y a mí a treparnos a cualquier árbol a nuestro alcance para no ser embestidos (o quizá devorados, como me lo indicaron después muchas personas de la Amazonía). Vi también por primera vez aves grandes de la selva, como paujiles (Crax spp.), pavas (Penelope spp.) y varias bandadas de tentes (Psophia crepitans). Y ni qué decir de las serpientes, recuerdo la anaconda (Eunectes murinus) que vimos en las aguas poco profundas de un caño de arenas blancas, la boa arcoíris (Epicrates cenchria) en una palizada mientras cruzábamos un claro del bosque, la coral verdadera (Micrurus sp.) que una noche nos acompañó en uno de nuestros campamentos, y la cuatro narices o jergón (Bothrops atrox) que un día nos topamos caminando hacia uno de los sitios de trabajo, ese día sentí que alcancé a volar por el salto que di para evitar ser mordido.

Nuevamente los azares de la vida me llevaron años después a otro punto de la Amazonía localizado más al norte de los otros sitios en los que había estado. Comprendí que aquello que había imaginado después de volar tantas veces entre Leticia y Bogotá se estaba haciendo realidad: navegar los ríos de la Amazonía Colombiana. En 2014 llegué a La Pedrera, otro pequeño poblado muy cerca de la frontera con Brasil a orillas del río Caquetá. Por más de medio día navegué ese caudaloso río junto a un grupo de personas hasta llegar a la desembocadura del río Cahuinarí, al mismo lugar en el que Julián Gil tuvo su casa en la década de los sesenta y donde coordinó la entrada a la selva en la que se perdió porque “lo agarraron los indios que se tragan a la gente”, según relató Castro Caycedo. Hoy en cercanías a esa zona sobreviven pueblos indígenas no contactados en un área protegida administrada por el gobierno colombiano.


Río Caquetá aguas arriba de La Pedrera. La roca en medio del río sobresale en la época de aguas bajas. Foto: Bayron Calle.


Esta vez mi presencia en las bocas del Cahuinarí se alejaba un poco de lo que mi “experticia forestal” podía hacer, y por eso, quien supervisaba mi trabajo, entre chistes me preguntaba por qué un ingeniero forestal estaba allí cuidando unas tortugas. Y sí, era eso lo que iría a hacer, trabajar junto a varias comunidades indígenas de las etnias Bora y Miraña para proteger la tortuga de agua dulce más grande del Neotrópico, localmente conocida como charapa (Podocnemis expansa).


Tortugas charapa tomando el sol en una playa cercana al sector Tres Islas en el río Caquetá. Foto: Bayron Calle.


En ese entonces en las orillas del Caquetá había presencia de balsas mineras que buscaban oro. Esta actividad, además de ilegal, les trajo consecuencias a los indígenas y a las charapas. Precisamente, un estudio (ver publicación aquí) llevado a cabo cuando estuve viviendo en ese lugar reveló que las personas tenían altas concentraciones de mercurio en el cabello, incluso yo porque fui una de sus unidades de muestreo. Las charapas, mientras tanto, iban perdiendo las playas en las que anidaban debido a las excavaciones de las balsas mineras. Para extraer el oro es necesario usar mercurio para amalgamar las pequeñas trazas del preciado metal. Los residuos de la actividad son arrojados nuevamente al río donde algunas bacterias acumulan el mercurio y es allí cuando entra en la red trófica: esas bacterias alimentan a pequeños organismos, los pequeños organismos alimentan a pequeños peces, los peces pequeños son comidos por los grandes y finalmente los humanos consumen el pescado.

Esta problemática de la minería y asuntos culturales que personalmente no entiendo nos llevaron meses después a visitar a un sabedor (o chamán) a una comunidad en el río Apaporis, localizado más al norte del río Caquetá. Allí, él nos “limpió” de aquello que nos estaba haciendo daño: quizá otro sabedor, tal vez el mercurio, o a lo mejor la misma selva, nunca lo entenderé. Lejos de intentar comprender lo que pasaba, y dejando de lado la búsqueda de explicaciones enmarcadas en el conocimiento occidental (aunque prefiero llamarlo conocimiento de afuera), me involucré con mucho respeto en la dinámica cultural de aquellos territorios en los que, en comparación con las zonas que había visitado años atrás, se mantenían más fuertes la cultura y las tradiciones. Finalmente, el sabedor nos aconsejó no comer pescado y nos compartió breo, una resina vegetal proveniente de un árbol de la familia Burseraceae que debíamos quemar y oler, y carayurú, una pintura roja extraída de unas hojas con la que debíamos hacernos algunas marcas en la piel. De esa forma, mantendríamos alejado el mal que nos aquejaba.


Raudal La Libertad localizado en el río Apaporis. Foto: Bayron Calle.


Hoy estoy lejos de los lugares que menciona este relato, pero he tenido la oportunidad de seguir navegando otros ríos Amazónicos y observar desde el aire cómo serpentean la selva. Han pasado algunas décadas desde “mi primera selva” y hoy sigo pensando que esa grandiosa idea de mi profesor en el colegio forjó mis viajes, mi carrera, estas letras y mi vida en la manigua. Hoy, estoy como hace varios años, enmaniguanado, y el viaje continúa.

Comentarios

  1. Super orgullosa! Gracias por compartir tus historias.

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  2. Es imposible expresar con palabras la majestuosidad de la manigua, todo el misterio que envuelve y nos envuelve... conocer la selva fue también para mí uno de mis propósitos de vida cuando estaba en la universidad y finalmente lo hice en el año 2000... en Chiribiquete, un lugar increíble... y bueno... la selva nos llevó a compartir experiencias en Cahuinarí (no sé si soy la persona que te decía "que hace un forestal trabajando con tortugas") pero en ese maravilloso lugar nos encontramos... un abrazo

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    1. Sí, es misteriosa. Qué fortuna que conociste Chiribiquete, está en mi lista de sitios por visitar.

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