Enmaniguanado (parte 2)
Llegaba a otro punto localizado en la mitad del mundo, en la línea ecuatorial. El primero había sido Quito (Ecuador), donde estuve entre 2012 y 2013 y donde fue relativamente fácil visitar dos de las tres regiones continentales del país dada su pequeña extensión. En la Costa trabajé con el mono araña, avisté ballenas y vi de cerca la actividad pesquera en la que “accidentalmente” se enredaban docenas de tiburones en las redes atuneras; en la Sierra conocí algunas cumbres nevadas, lagunas de aguas turquesa, comí cuy riéndome de la cara de asco que hacía mi madre y vi uno de los fenómenos naturales más sorprendentes que recuerde, la erupción de un volcán, el Tungurahua. El segundo punto sobre la línea ecuatorial fue a más de 3.000 kilómetros de Quito, la ciudad brasileña de Macapá, localizada en la orilla norte del gigante río Amazonas y donde viví por casi cinco años a partir de 2016.
Realizamos un viaje
largo para llegar a Macapá. Navegamos por cuatro días desde Tabatinga hasta
Manaos hospedándonos en el cómodo camarote de un barco. No había posibilidad de
otro medio de transporte porque no hay carreteras en la zona y la única
aerolínea con vuelos regulares entre esos dos destinos no aceptó llevar a Orejas,
nuestro perro criollo oriundo de las calles de Leticia. Después tomamos un avión entre Manaos y Belém en otra
aerolínea que sí permitió embarcar a Orejas luego de pagar una cantidad exagerada
de reales cuya cifra hemos mantenido en secreto hasta el día de hoy. Al
desembarcar en el aeropuerto de Belém nos recibió la Policía Federal para
revisar cada prenda empacada en las maletas, página por página de los libros
que llevábamos, y el interior de mi guitarra acústica Yamaha que toco unas
pocas veces al año. Orejas llegó bien después de las dos horas de vuelo, pero
con el guacal lleno de mierda. Tras una escala de pocas horas en Belém tomamos
un avión más hasta Macapá, pero antes de aterrizar el avión entró en patrón de
espera por mal tiempo en el destino y dio vueltas por cerca de 20 minutos.
Aunque quería desvanecerme por el cansancio, me urgía aterrizar para saber si
Orejas estaba bien, pues seguía en el guacal al interior de la bodega de aquel
Boeing 737.
Orejas en el barco en
algún punto sobre el río Amazonas entre Tabatinga y Manaos. Foto: Angélica Martínez Alfonso.La ciudad de Macapá, capital del estado de Amapá, era un típico poblado Amazónico, caluroso y ruidoso. A sus alrededores había algo de selva, pero lo que más me llamó la atención era que en el paisaje predominaba un ecosistema de sabana, lo que me hizo recordar mis días de asistente de campo cuando caminábamos por las noches en los bosques de los Llanos Orientales de Colombia para buscar monos nocturnos (Aotus brumbacki). Este ecosistema de sabana cercano a Macapá, con bosques y una matriz de pastos y arbustos, estaba siendo reemplazado aceleradamente por extensos plantíos de soya, en parte, por la política antiambientalista del gobierno de turno. En otras zonas ya había sido reemplazado por plantaciones de eucalipto con el fin de extraer la celulosa para la fabricación de papel.
Recordaba mis visitas a otras zonas de la Amazonía, donde los ecosistemas predominantes eran el bosque de tierra firme (ese que no se inunda), el bosque de várzea, que se inunda ocasionalmente por los ríos de aguas blancas (los que nacen en la cordillera de los Andes), y el bosque de igapó, que se inunda por los ríos de aguas negras (los que nacen en la misma selva), pero nunca me imaginé sabanas en la Amazonía.
Comprendí que a pesar
de haber visitado algunas zonas de ese enorme bioma en Perú, Bolivia, por
supuesto Colombia, e incluso en Brasil en un área cercana a Manaos dos años
antes de mi llegada a Macapá, todavía ignoraba muchos contextos ambientales de
la región, pero era apenas natural, pues no podía pretender que conocía todo lo
relacionado con ese bioma de casi siete millones de kilómetros cuadrados. De
hecho, en la zona donde me encontraba la población rural predominante no era indígena
sino afrodescendiente, o quilombola, como se dice comúnmente en Brasil.
Vista de las sabanas
de Amapá desde un cerro localizado en cercanías a la ruta BR-156 que conduce de
Macapá a Oiapoque, un municipio fronterizo con la Guyana Francesa. Foto: Bayron Calle.Mi objetivo en esa
zona cercana a la desembocadura del Amazonas era estudiar en una de las
universidades públicas que había allí. En principio, la idea era internarme en
la selva espesa entre el río Araguarí y el río Falsino para investigar de qué
manera la estructura del bosque afectaba la distribución de primates, pero
asuntos fuera de mi control me hicieron dejar esa zona de selva continua y
buscar otras oportunidades en las sabanas de Amapá. Me llevé de esa zona del
centro de Amapá un buen recuerdo por haber visto una vez más una danta cruzando
un río, pero esta vez a miles de kilómetros de donde había visto la primera.
Una vez en mi nuevo
nicho, las sabanas de Amapá, debía investigar de qué manera el paisaje estaba
afectando la distribución de los primates no humanos, por lo que recorrí por
varios meses una veintena de fragmentos de bosque (o parches de bosque, puesto
que no eran producto de un proceso antropogénico). El protocolo consistía en
caminar por el interior de los parches de bosque, ubicarme en puntos preestablecidos,
armar una silla plegable que cargaba conmigo, sentarme varias horas al día para
reproducir las vocalizaciones de los primates con una caja de sonido que llevaba
en mi maleta y esperar alguna respuesta o acercamiento de algún individuo.
Cuanto más grande era el parche de bosque, más días le dedicaba a su muestreo.
Muestreo de primates
en el interior de uno de los parches de bosque en las sabanas de Amapá. Foto:
Angélica Martínez Alfonso.Si bien en la zona
había varias especies de primates, el objetivo principal era encontrar al
escurridizo guariba (Alouatta belzebul), una especie de porte grande,
pelaje negro y con manos amarillas. Sus vocalizaciones se podían escuchar a
varios kilómetros de distancia, especialmente en las mañanas y las tardes, y
eventualmente en las noches. En Colombia a los primates de este género (Alouatta)
se les conoce comúnmente como monos aulladores.
Tuve éxito algunas veces, especialmente con los titíes (Saguinus midas) y los monos voladores (Pithecia pithecia). Recuerdo que con esta última especie viví un momento emocionante cuando una pareja y su cría se acercaron hasta donde yo estaba. Mi reacción inmediata fue llevarme ambas manos a la boca y pronunciar con un grito ahogado un “qué chimba”. Nunca había visto un Pithecia en estado silvestre tan de cerca, la familia estaba a unos tres metros del suelo y no tenía a nadie a mi lado (humano) para compartir la alegría del momento. En esa misma mancha de bosque, pero al día siguiente, encontré un individuo juvenil de guariba. Se aferraba con su cola a la rama de un árbol a pocos metros del suelo y después noté que a lo que no se aferraba era a la vida, el mono estaba muerto.
Recuerdo que varias veces se acercaron los titíes, pero lo que no esperaba era que también se acercara uno de sus predadores. Una tarde, mientras reproducía la vocalización de este pequeño primate también de manos amarillas, escuché a mis espaldas un ruido en la hojarasca. Giré de inmediato porque sabía que el ruido había sido producido por un animal que merodeaba cerca y lo primero que noté fue efectivamente un animal mediano con algunas líneas horizontales en su costado. No sé por qué mi cabeza me dijo que era una lapa (Cuniculus paca), un roedor que en algunas zonas es conocido como boruga o guagua. En cuestión de segundos entendí bien la imagen que mis ojos veía y noté que lo que había estado a mis espaldas era un ocelote (Leopardus pardalis) asechándome. Mi liberación de adrenalina llegó a su tope y de inmediato tuve una extraña mezcla de susto y alegría, pero quizá el felino estaba más asustado que yo y de un salto se escondió detrás de un tronco. Cuando quise agarrar mi cámara para inmortalizar el momento el escurridizo animal huyó rápidamente.
Pero los sustos que me llevé no fueron apenas por culpa de los predadores sino también por culpa de las presas. Cierta mañana mientras caminaba por la zona de vegetación baja antes de entrar al bosque, bajé una hondonada que tenía algunos arbustos y otra vegetación un poco más alta en uno de sus lados. Di un par de pasos y algo grande saltó desde los arbustos y se internó en la vegetación más tupida, era un venado de aquellos que tienen enormes cuernos (Odocoileus sp.). Una vez más me encontraba solo sin la posibilidad de compartir la emoción del momento.
Trabajar en ese lugar tenía su recompensa: ver a los monos que yo buscaba y eventualmente toparme con otras criaturas. Sin embargo, la emoción la perdí muchas veces, como la vez que el miedo se apoderó de mí al encontrarme solo en medio de un enorme buritizal (una zona alagada donde predominan la palmas de buriti –Mauritia flexuosa– o moriche) cuando me disponía a regresar, justo antes de ocultarse el sol. Intentaba caminar por la base de esas palmas, pero de tanto en tanto el agua lodosa me llegaba hasta las rodillas. Cuando podía, intentaba caminar sobre troncos caídos, especialmente en las zonas en las que a simple vista los charcos se notaban muy profundos. Me decía a mí mismo qué diablos hacía allí y solamente pensaba que en cualquier momento me toparía una anaconda, o recordaba uno de los días en los que hicimos un piloto de campo y encontramos una anguila eléctrica en un pequeño hilo de agua al interior de un buritizal.
En algunas zonas de ese paisaje las personas criaban búfalos y vacas. Algunas veces los animales entraban al interior de los parches de bosque y pisoteaban las pequeñas plántulas, dejando el área apenas con los árboles grandes. El ganado, en su forrajeo por el bosque, hacía largos caminos que yo aprovechaba para desplazarme más rápido, pero con la desventaja de sufrir infestaciones severas de garrapatas. En dos ocasiones encontré una mancha negra sobre mi ropa y al mirar con atención me percaté de que eran miles de diminutas garrapatas. A veces no todas eran tan pequeñas (por suerte), lo que me permitía ubicarlas con mayor facilidad al final de la jornada cuando llegaba uno de los mejores momentos del día: la ducha. Algunas garrapatas se podían sentir cuando yo comenzaba a ser parasitado porque su mordida era dolorosa, como la que una vez quité de mi ceja derecha, y otras eran imperceptibles, como la que arranqué de mi barba. Sólo sé que después de las jornadas de campo que podían durar varios días, mi prioridad en mi casa era no llevarle esos arácnidos hematófagos a mi perro, pues ya había tenido varias recaídas por contraer ehrlichiosis, una de las tantas enfermedades transmitidas por esos ácaros.
Llegó el 2020 y la pandemia de la COVID-19 estremeció al mundo entero, incluido Brasil, donde varios políticos le dieron poca importancia al virus por tratarse de una “gripezinha” que podía ser curada con Cloroquina (medicamento para tratar la Malaria) a pesar de que no había evidencia que demostrara su eficacia contra dicha patología. Durante el confinamiento terminé de escribir la tesis (ver documento completo aquí) de cuatro capítulos con la que demostrábamos que en las sabanas de Amapá los parches de bosque eran esenciales para mantener a la comunidad de primates y que las coberturas antrópicas como las plantaciones de soya los afectaban negativamente (ver estudio completo aquí). Finalmente, dada la importancia tanto de las especies de primates como del ecosistema de sabana, propusimos algunas áreas en las que podían implementarse medidas de conservación de la biodiversidad que incluían a los pobladores locales (ver estudio completo aquí).
Después de la defensa de mi tesis comenzó la agonía para regresar a Colombia. Las fronteras de casi todo el mundo estaban cerradas y las operaciones aéreas en Colombia estaban interrumpidas, entonces tuvimos que esperar un tiempo en casa de unos buenos amigos porque mi beca doctoral había terminado y los ahorros se estaban acabando. A pesar de esto, fue posible comprar un tiquete para un vuelo “humanitario” desde São Paulo hasta Bogotá. Después conseguimos los tiquetes para volar de Macapá a Brasilia y luego a São Paulo, pero ahí comenzó otro calvario, pues la aerolínea que haría los vuelos dentro de Brasil nos informó dos días antes del viaje que no era posible embarcar a Orejas. Por ningún motivo lo abandonaríamos, por lo que decidimos retornar en barco sin importar que perdiéramos el dinero de los tiquetes aéreos; sin embargo, quisimos hacer un último intento en redes sociales y se creó una enorme red de apoyo que pedía que dejaran embarcar al canino para volar dentro de Brasil. Finalmente, y gracias al apoyo de muchas personas, conseguimos la autorización para subirlo a los dos aviones que tomaríamos entre Macapá y São Paulo, pero esta vez, no en un guacal sino en la cabina de pasajeros junto a nosotros. Después de nueve horas en el aire aterrizamos en la fría Bogotá.
De nuevo en Colombia, enfrenté las diversas realidades que trae un nuevo comienzo, pues no es fácil la vida de nómada. Sin embargo, varios meses después, y por azares de la vida, llegué nuevamente a la Amazonía colombiana, pero esta vez a zonas que eran nuevas para mí. Comencé a involucrarme en trabajos con pueblos indígenas en los departamentos de Guaviare, Putumayo y Vaupés, lo que me permitió incrementar la lista de ríos navegados, sumar más kilómetros a mi contador interno de caminatas en la selva, visitar otros pueblos indígenas y conocer otros animales Amazónicos.
En Guaviare, tuve la
oportunidad de conocer especies de primates como el mico colimocho (Cacajao
melanocephalus), contraje por desgracia la terrible leishmaniasis, y me
interné en una selva lejana donde una madrugada mientras descansaba en mi
hamaca escuché al diablo (historia que luego contaré). En Putumayo, tuve la fortuna de encontrar un lugar
parecido a “mi primera selva” en el que vive el grupo de personas más
especiales que he conocido en mis andares por la manigua. Allí está el río más
cristalino que he conocido y se toca el cielo cuando las nubes descienden del
páramo.
A Vaupés he viajado decenas de veces y he comprendido que la cultura de su gente guarda cierta
relación con la sabana que conocí cerca a la desembocadura del río Amazonas. Cuenta la historia de origen de uno de sus pueblos que muy cerca de allí partió la canoa con forma de güio (boa, aunque hace
referencia a una anaconda) que fue dejando a los actuales pobladores de esas
selvas donde habitan criaturas misteriosas que no pertenecen a este mundo y con
las que pueden comunicarse solamente los chamanes. En Vaupés, la selva es
serpenteada por ríos con peligrosas cachiveras (raudales o sitios con enormes
rocas que forman rápidos) que limitan el paso de la vida fluvial y en cuyas
orillas se ubican comunidades distantes a las que se llega después de muchos
días de camino por la selva o arriesgándose a volar en viejos aviones Cessna. A
estos sitios los proyectos llegan con esperanzas para la gente, pero algunos corrompen
los corazones y transforman la cultura de las personas que habitan pequeñas
casas de madera donde se duerme arrullado por el ensordecedor ruido de las
gotas que golpean los techos metálicos en las noches de lluvia intensa. En
Vaupés la selva esconde cavernas bajo sus cerros en los que se refugiaron los
antiguos pobladores, allí cruza la línea del ecuador y está mi tercera mitad
del mundo, cubierta por una selva que no comprendo si enferma o cura.
Aviones Cessna en la
pista de una comunidad localizada a 60 kilómetros de Mitú. A esos lugares
lejanos se puede llegar relativamente fácil, pero retornar depende de varios
factores: de la voluntad del piloto, de la disponibilidad de combustible en el
aeropuerto principal, de las campañas políticas alrededor de las elecciones
regionales que monopolizan el servicio aéreo, y en la mayoría de los casos, de
las torrenciales lluvias y tormentas. Estas últimas pintan el cielo de negro e
imposibilitan la navegación aérea, dejando al aeropuerto principal sin operar y
obligando a las pequeñas aeronaves a aterrizar en pistas sin asfaltar en medio
de la selva para ahorrar combustible. Allí, deben esperar entre las personas
que habitan estos lugares, muchas de las cuales, esperan ver la cara conocida
de un pasajero para pedir un asiento en el avión. Con algo de suerte, el tiempo
mejora, las aeronaves continúan su vuelo, y algunos habitantes de la selva
pueden salir. Foto: Bayron Calle.
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