De Virunga a la Patagonia (parte 1)

Me dijo que era su sueño, pero en la niebla apenas vislumbré mis manos. Le dije que era mi sueño, y en la nieve quedaron nuestras huellas.

 

El frío se sentía como un millar de agujas clavadas en todo el cuerpo. Mientras avanzábamos por el cauce del pequeño arroyo, el agua bajaba desde lo alto de la montaña y nos llegaba una cuarta arriba de los tobillos. De nada había servido la inversión en ropa térmica, la vestimenta en capas y las chaquetas que repelían el agua, estábamos emparamados y la sensación térmica rondaba los cero grados Celsius. Mi compañera se sentó sobre una roca filosa, fijó su mirada hacia el suelo y entre dientes me dijo que no podía caminar más: “sigue tú solo, te esperaré aquí y nos encontramos cuando estés de regreso”. Ella había cedido a mi sueño y ahora estaba cediendo a la montaña, pero nada podíamos hacer ante la crueldad de la región Patagónica, gobernada por vientos fuertes, nieves perpetuas y mares helados.

Esta historia en los confines del mundo comenzó a inicios del tercer milenio. Yo era adolescente y por las mañanas mientras me alistaba para ir al colegio, encendía el televisor para ver “Ushuaia: la última frontera”, una serie de documentales que tal vez transmitían una vez por semana. Por aquel entonces, el programa, que es la misma producción francesa originalmente llamada Ushuaïa Nature, presentado por el aventurero Nicolas Hulot, era transmitido por Discovery Travel & Adventure Channel. En aquellos documentales, el viajero recorría diferentes lugares del mundo, todos con algo en común: una naturaleza exuberante. Lo que más llamaba mi atención era la apertura de cada capítulo, pues una voz con tono de aventura decía que existía una ciudad en los confines del mundo llamada Ushuaia. Desde entonces, me prometí ir a la Patagonia argentina para conocer ese remoto lugar.

Pasaron más de veinte años para finalmente llegar a Ushuaia, y tuve que recorrer casi medio mundo. En octubre de 2024 comencé un viaje desde Bogotá hasta Estambul. Haría una escala corta en la ciudad turca antes de abordar otra aeronave hasta Kigali, capital de Ruanda, un pequeño país localizado en África Oriental donde participaría en una capacitación y donde estaría por segunda vez. El vuelo llegó con un retraso de varios minutos, por lo que me urgía descender rápidamente del enorme Dreamliner para alcanzar el siguiente avión, pero como buscando algo o a alguien en específico, varios agentes de policía se ubicaron en la salida de la aeronave para solicitar el pasaporte de todos los pasajeros y contrastar la información de los documentos con la de un papel que uno de ellos tenía. Debo confesar que la cruz que cargamos a cuestas los colombianos, debido a las décadas de narcotráfico y guerras, me trajeron los nervios como un vacío en el pecho; sin embargo, no tenía nada por qué temer: mis documentos de viaje estaban en regla, no traía nada ilegal conmigo, y mis dos maletas de bodega estaban aseguradas con varios zunchos plásticos para evitar que introdujeran algo sin mi consentimiento. Después de hacer un corto control migratorio y correr a toda velocidad por el enorme aeropuerto de Estambul llegué hasta la puerta de embarque en el ala D, justo cuando los pasajeros estaban abordando el avión.

El Boeing 737 despegó hacia el norte y sobre el mar Negro viró 180 grados para volar encima del mar de Mármara y del mar Mediterráneo, hasta alcanzar el delta del río Nilo en el norte de Egipto. Era un vuelo nocturno y a lo largo del cauce del río se veían brillar varios poblados, pero el que más sobresalía era la ciudad de El Cairo, capital del país, con destellos brillantes blancos y amarillos. Tras sobrevolar el mar Rojo para evitar el espacio aéreo de Sudan debido a la guerra civil que se libra allí, incluso con la participación de mercenarios colombianos, el avión retomó nuevamente la cuenca del río Nilo y después de siete horas aterrizó en Kigali. Luego de casi 24 horas de vuelo desde mi partida de Bogotá había llegado a mi destino, pero en la banda de entrega de equipaje apareció solamente una de mis maletas.

 

Una de las avenidas en Kigali cercana al Centro de Convenciones de de la ciudad.
Foto: Bayron Calle.

 

Kigali, localizada en el extremo suroccidental de la cuenca del río Nilo, es una ciudad levantada en el centro de Ruanda que se emplazada sobre varias colinas. Las calles son impecables, con jardines y árboles, y por ellas transitan decenas de motos, algunas de ellas eléctricas, las cuales funcionan como transporte público para quienes desean evitar subir y bajar las colinas. De hecho, el país es conocido coloquialmente como la “Tierra de las mil colinas”, y dada la limpieza y el orden de su capital (y en general del país), Ruanda es llamada la “Suiza de África”. Algunos dicen que tal apelativo no se debe sólo al orden que allí impera, sino también al hecho de ser un país pequeño, sin litoral y a la rápida recuperación tras la crisis de violencia de los noventa. Sin embargo, datos del Banco Mundial muestran que el Producto Interno Bruto (PIB) del país es apenas el 1,5% del PIB de Suiza, por lo que en términos económicos, distan mucho de parecerse.

Lo que Ruanda es hoy, difiere de lo que era hace tres décadas, cuando ante los ojos incompetentes de los demás gobiernos del mundo se cometía algo de lo que toda la humanidad debería estar avergonzada: el genocidio ruandés. En 1994, el avión en el que viajaba el entonces presidente de la nación, Juvénal Habyarimana, fue derribado por un misil en la capital ruandesa. A partir de ese momento, Hutus radicales se tomaron el poder y usaron la Radio-Télévision Libre des Mille Collines (Radio Televisión Libre de las Mil Colinas) para enviar mensajes de odio contra los Tutsi, por lo que durante cien días el país se vio envuelto en una cacería descomunal de los Tutsi por parte de los Hutu radicales. Los primeros, minoría en el país, fueron vilmente asesinados junto a miles de Hutus que se oponían a los atroces vejámenes, al tiempo que miles de mujeres fueron violadas a lo largo y ancho de la nación. El genocidio fue patrocinado, entre otros, por empresarios como Félicen Kabuga, quien financió la compra de machetes y otras herramientas para cometer los asesinatos. Aunque no hay una cifra exacta de muertos, se estima que un millón de personas fueron masacradas.

Todas esas escenas dantescas y escalofriantes tenían un matiz de racismo colonial que fue instaurado por los europeos, cuando Ruanda dejó de pertenecer a los alemanes y pasó a ser una colonia belga. Por aquel entonces, se decidía la etnia a la que los habitantes pertenecían según las mediciones que se tomaban de varias partes del cuerpo, entre ellas, de la nariz. Fue de esa manera que, en 1930, las autoridades belgas emitieron documentos de identidad que dividían a los ruandeses entre Twa, Hutu o Tutsi, dándole privilegios a estos últimos para acceder a trabajo y educación por ser fenotípicamente más similares a los europeos.

En el noroccidente de la ciudad se localiza el Kigali Genocide Memorial, un enorme complejo que guarda la memoria de las crudas escenas vividas cuando los ruandeses se mataron entre sí. No pude evitar que por mis mejillas rodaran varias lágrimas cuando ingresé a un salón en el que había miles de fotos de niños que durante el genocidio habían sido masacrados, y tampoco pude evitar sentir nostalgia al ver a una señora de avanzada edad, recorriendo junto a un hombre muy joven los salones de aquella edificación. Era como si la mujer estuviera buscando entre las fotos, los videos y lo textos, una verdad que le devolviera el alma. Esto es lo que muchos ruandeses añoran, pero se les escapa como agua entre los dedos porque aún hay muchos homicidios sin ser juzgados.

 

Nombres de algunas víctimas del genocidio en placas localizadas en el Kigali Genocide Memorial.
Foto: Bayron Calle.

 

El país parece recuperarse poco a poco de su sangrienta historia y la seguridad es un asunto que se toma muy en serio. Debe ser por eso que hay máquinas de rayos X y detectores de metales en las entradas de los hoteles y centros comerciales de Kigali, y en el aeropuerto existe un enorme dispositivo para la revisión de los vehículos que ingresan. Y es que desde el 2000, año en el que llegó al poder Paul Kagame, antiguo militar que venció a los Hutus radicales durante el genocidio, ha mantenido entre sus banderas la seguridad del país durante los cuatro mandatos consecutivos con los que ha gobernado a la nación. Desde entonces, las elecciones las ha ganado por una mayoría arrasadora, con más del noventa por ciento de los votos en los cuatro comicios, despertando suspicacia y sembrando dudas entre una oposición que es minoritaria en el país y que, según informes de Human Right Watch y Amnistía Internacional, es oprimida y en ocasiones desaparecida.

Mi primera visita al pequeño país ocurrió en 2023 para participar en un congreso sobre biología de la conservación, un área que se encarga de entender los principales problemas que enfrenta la biodiversidad. Debía presentar lo que junto a un equipo de Colombia veníamos trabajando en la Amazonía colombiana respecto de la interacción que existe entre la diversidad biológica y cultural con pueblos indígenas. En otras palabras, quería mostrar otras formas de conservación de la biodiversidad que van más allá del paradigma normalmente usado, conocido como Top-Down (de arriba hacia abajo), y con el que mundialmente se han establecido áreas protegidas en las que, en algunos casos, la población local es reubicada a otras zonas con el argumento de proteger la diversidad biológica. Mi intervención, de apenas veinte minutos, intentaba mostrar una aproximación diferente, una estrategia opuesta y conocida como Bottom-Up (de abajo hacia arriba) con la que prevalecen los intereses de la población local, pues son cruciales en las medidas de protección de la biodiversidad.

La biodiversidad de Ruanda se resguarda en sus cuatro parques nacionales, dos de los cuales visité durante ese primer viaje: el Parque Nacional Akagera y el Parque Nacional de los Volcanes. El primero se localiza al nororiente del país en la frontera con Tanzania y comprende un ecosistema de sabana africana. El segundo parque se localiza al noroccidente, en la frontera con la República Democrática del Congo y Uganda, y hace parte del Hotspot de biodiversidad Afromontano Oriental, conformado por bosques de bambú, pastizales, y vegetación alpina en las partes más altas.

Después del congreso que duró varios días, y junto a una bióloga ecuatoriana y un biólogo peruano, abordamos una enorme Toyota para ir hasta Akagera cuando aún era oscuro y sobre el cielo flotaba la luna casi llena. Abandonamos Kigali por el oriente y comenzamos a descender por una empinada carretera. Horas más tarde, cuando las nubes comenzaron a teñirse de anaranjado con los primeros rayos del sol, llegamos a un pequeño caserío en la Provincia del Oriente o Iburasirazuba, en el que había una parada obligada porque allí nos darían el desayuno, acompañado de café negro cultivado en las colinas de Ruanda. El paisaje era una mezcla de cultivos de arroz, pastos y árboles aislados. En algunas zonas había pequeños caseríos en los que se amontonaban las personas a la orilla de la vía para recoger en baldes el agua que era transportada por camiones cisterna.

Una vez en la entrada principal del parque Akagera realizamos el registro ante las autoridades encargadas de cuidar los 2.500 kilómetros cuadrados que abarca el área protegida. El parque está cercado por enormes vallas que evitan la salida de los animales y la entrada de las personas, dando la sensación de que la vida es más importante de un lado que del otro. ¡Qué dilema! A partir de ese momento iniciaríamos un recorrido de aproximadamente 100 kilómetros por la enorme llanura, atravesándola de sur a norte y dejando una enorme nube de polvo amarillento a nuestro paso.

Primero nos cruzamos con un grupo de babuinos oliváceos (Papio anubis). Me sorprendió su tamaño y lo cerca que podía verlos, pero después de algunos minutos el grupo se perdió entre unos arbustos. Varios kilómetros adelante nos encontramos con varias cebras (Equus quagga) que se aglomeraban entre una vegetación baja, como intentando esconderse de nosotros.

El vehículo continuó su camino y el conductor, un hombre joven y serio, seguía conduciendo por los recovecos que se abrían paso entre la sabana. Su objetivo era mostrarnos "Los cinco grandes", como le suelen llamar a los cinco principales animales de esa sabana, o al menos, a los más buscados por los visitantes: los elefantes, los leones, los leopardos, los rinocerontes y los búfalos.

Eventualmente nos encontrábamos con otros vehículos y entre los conductores conversaban para compartir información sobre dónde podrían estar “Los cinco grandes”, pero se sentía como si estuviéramos cavando con una pala hasta el centro de la tierra. Debo reconocer que nuestro guía se esmeró fuertemente por encontrar a los animales, pero resultaba inútil ante la inmensidad de esa enorme sabana, compuesta de árboles y arbustos espaciados, con algunas zonas montañosas donde la vegetación era más densa, y lagos con vegetación flotante donde revoloteaban las aves, y en cuyas orillas descansaban hipopótamos y cocodrilos.

 

Hipopótamos (Hippopotamus amphibiusen uno de los lagos del Parque Nacional Akagera.
Foto: Bayron Calle.

 

El guía decía en todo momento que el día era malo, que ir y no ver a los elefantes era, en pocas palabras, perder el tiempo, pero a mí me invadía una emoción indescriptible de solamente pensar que estaba rodando por una sabana africana. De hecho, para mí no fue en vano el calor, el polvo y la sed, porque a cada cierto tiempo encontrábamos búfalos (Syncerus caffer), hipopótamos (Hippopotamus amphibius), cocodrilos del Nilo (Crocody lusniloticus), jirafas (Giraffa camelopardalis) y varias especies de antílopes de diferentes tamaños y tonalidades ocres, como el impala (Aepyceros melampus), el topi (Damaliscus lunatus), el cobo de agua (Kobus ellipsiprymnus), entre otros (puede ver una lista más completa de la fauna del Parque Nacional Akagera aquí).

 

Impalas (Aepyceros melampus) en el Parque Nacional Akagera.
Foto: Bayron Calle.


Topis (Damaliscus lunatus) en el Parque Nacional Akagera.
Foto: Bayron Calle.


Cobo de agua (Kobus ellipsiprymnus) en el Parque Nacional Akagera.
Foto: Bayron Calle.

 

Recuerdo especialmente un lugar en el que miré hacia el horizonte y se observaban decenas de jirafas, cebras y antílopes en una enorme llanura bajo el sol abrasador del medio día. La imagen me transportó a una escena animada de mi niñez, justo cuando Rafiki levantó entre sus brazos a Simba para presentarlo como el sucesor de Mufasa. El lugar fue aprovechado por nuestro conductor para buscar a los elefantes en el horizonte usando los binoculares que yo llevaba, pero a pesar de sus enormes esfuerzos, los proboscidios nunca aparecieron.

Antes de ocultarse el sol estábamos de vuelta en Kigali. Mis compañeros biólogos emprendieron de inmediato el retorno a sus lugares de origen y yo tomé un descanso de la larga jornada, pues al día siguiente me esperaba otra gran aventura en la Provincia del Norte o Amajyaruguru.

Sobre las cuatro de la mañana llegó por mí un vehículo y emprendí un viaje, esta vez, saliendo por el occidente de la ciudad para llegar hasta Musanze (antes llamada Ruhengeri), puerta de entrada a las montañas de Virunga, hogar de los gorilas que esperaba conocer. El conductor, igual de joven que el del día anterior, era más amable y se mostraba interesado por Colombia, debido a sus repetidas preguntas sobre Pablo Escobar, James Rodríguez y la selva Amazónica. De los dos personajes no encontré mucho qué decir, salvo que el primero había sido un asesino y que del segundo no sabía mucho, pues no me gusta el fútbol, pero sobre el Amazonas, hablé todo lo que pude.

Una vez en el centro de visitantes del área protegida, realicé el registro y me unieron a un grupo de personas entre los que estaban una pareja canadiense que rondaba los sesenta años, dos jóvenes sauditas que graban videos para YouTube, y una mujer proveniente de Suiza que rondaba los 50 años. De nuevo en el vehículo, anduve por varios kilómetros por una vía sin asfaltar, hasta un punto en el que no había más carretera y allí nos recibió la persona que sería nuestro guía durante la caminata que emprenderíamos por las laderas que unen a los volcanes Gahinga y Mahabura. 

Al comienzo de la ruta, el camino iba entre cultivos de batata dulce y flores de piretro, usadas como repelente contra insectos. Después de varios minutos, llegamos a una especie de muralla que se extendía por varios kilómetros y corría paralela a varios árboles plantados en una línea que servía como barrera de protección. Esa era la entrada al Parque Nacional de los Volcanes, parte de las imponentes montañas de Virunga, una cadena de volcanes que define la frontera natural de Ruanda con la República Democrática del Congo al occidente y Uganda al norte.

 

Montañas de Virunga vistas desde Ruanda. De izquierda a derecha, los picos son: volcán Sabyinyo, volcán Gahinga, y monte Mahabura.
Foto: Bayron Calle.

 

Los gorilas, pertenecientes al género Gorilla, existen solamente en África y se clasifican dentro de dos especies: el gorila occidental (Gorilla gorilla) y el gorila oriental (Gorilla beringei). El primero está presente en la República Centroafricana, Nigeria, Camerún, Guinea Ecuatorial, Gabón, Congo y Cabinda. El segundo está presente en la República Democrática del Congo, Uganda y Ruanda. Cada una de esas especies se divide en dos subespecies, todas incluidas en la Lista Roja de Especies Amenazadas, con categorías como En Peligro (EN) y En Peligro Crítico (CR), debido a la cacería, la pérdida de hábitat y la transmisión de enfermedades como el Ébola. Las subespecies del gorila occidental son el gorila del río Cross (Gorilla gorilla diehli - CR) y el gorila de tierras bajas (Gorilla gorilla gorilla - CR), y las del gorila oriental son el gorila de Grauer (Gorilla beringei graueri - CR) y el gorila de montaña (Gorilla beringei beringei - EN). Esta última era la que esperaba encontrar durante mi recorrido por esas montañas.

Después de unos pocos kilómetros de caminata, apareció frente a un árbol un guardaparques vestido de camuflado. El hombre, con su mirada perdida por el cansancio, portaba un AK-47. El guía nos indicó que él sería parte de nuestra guardia y que el arma era para defendernos de los búfalos. El guardaparques utilizó el radio que colgaba del lado izquierdo de su pecho y habló con alguien más en lengua quiñaruanda, después de recibir algunas indicaciones nos guio por un camino estrecho que se perdía entre un bosque dominado en su mayoría por árboles de Neoboutonia macrocalyx, una especie de altura media y con hojas anchas en forma de corazón. Eventualmente pasábamos zonas con varias manchas de bambú y a lo largo del camino era común encontrar heces de elefantes y de los temidos búfalos.

 

Guardaparques en la línea de árboles a la entrada del Parque Nacional de los Volcanes.
Foto: Bayron Calle.

 

Si los espíritus de esas montañas hablaran, tal vez me hubieran contado los secretos sobre los miles de muertos durante la devastación del genocidio en esa región, especialmente en los campos de refugiados localizados en la frontera con la República Democrática del Congo. También, me hubieran mencionado sobre las constantes guerras por el control territorial que grupos armados han perpetuado por años para adueñarse de los recursos naturales, especialmente en el lado congoleño, donde una parte de las víctimas han sido los gorilas.

A veces, mientras caminábamos, el bosque era cubierto por una neblina espesa que hacía imposible ver la llanura que íbamos dejando atrás. Y mientras ese manto frío y blanco nos envolvía, recordaba a mi compañera, quien ha anhelado gran parte de su vida subir esas montañas, pero en la espesa niebla vislumbraba mis manos y no las de ella. Su sueño era ver los gorilas, y era yo quien lo estaba viviendo.

Fue en esas montañas donde Dian Fossey, una famosa primatóloga estadounidense, estudió a los gorilas por varios años. En ese momento íntimo de pensamientos que iban y venían, comprendí por qué ella escogió llamar su autobiografía “Gorilas en la Niebla”, y mientras lo entendía, me imaginé su lúgubre voz transportada por el gélido viento, recorriendo los antiguos campamentos en los que había vivido hasta llegar al lugar donde fue asesinada a machetazos en diciembre de 1985. En esas mismas montañas, ella dejó su vida por proteger a los gorilas. 

El guía nos dio dos precisas indicaciones en un inglés que para mí resultó fácil de entender, a pesar de mi nivel medio con la lengua anglosajona: no hacer ruidos fuertes y usar tapabocas cuando nos encontráramos con el grupo de gorilas para evitar transmitirles enfermedades. La primera indicación fue incumplida por los jóvenes sauditas, pues en todo momento gritaban al tiempo que documentaban con la cámara de sus celulares cada movimiento que hacían en la empinada ladera; además, no dejaban de hacerse bromas entre ellos sorprendiéndose entre los árboles. La segunda indicación fue recibida como un insulto por la mujer suiza, quien de inmediato la emprendió contra el guía y le decía que el uso del tapabocas era una imposición absurda, sobre todo, después de haber pagado tanto dinero para ver a los gorilas.

Después de dos horas de caminata, ya no por caminos sino a través de la vegetación espesa que era cortada con un machete por el guardaparques, nos encontramos con otro grupo de personas vestidas de camuflado y con el mismo tipo de fusiles, quienes nos indicaron que el grupo de gorilas que buscábamos estaba cerca. A partir de ese punto era obligatorio el uso del tapabocas. Unos minutos después, entre unos helechos hallamos a un joven gorila que se alimentaba de tallos de bambú, después se perdió por entre lo que parecía una cueva hecha con la misma vegetación del lugar y llegó a una zona más despejada donde estaba el resto del grupo. Era como si el joven primate nos hubiera estado esperando para darnos la bienvenida a su mágico mundo, y como si hubiera querido guiarnos hasta donde estaba su familia, compuesta por más de una docena de individuos que descansaban a casi 3.000 metros de altura sobre el nivel del mar.

Allí tendríamos una hora para ver al grupo, a apenas cinco metros de distancia, a veces, a solamente a tres metros. Mi primera impresión, además del sobresalto por el enorme tamaño de los gorilas, era la sensación de vulnerabilidad para ambos bandos: el de los primates humanos y el de los primates no humanos. Por un lado, los humanos éramos simples mortales (de 56 kilos en mi caso) que, ante un ataque impredecible de un gorila macho (de 200 kilos aproximadamente), podríamos, con algo de suerte, terminar cuadripléjicos. Por otro lado, estábamos a pocos metros de criaturas salvajes que, a pesar de su gran tamaño, eran frágiles. Fue inevitable recordar a Virunga, el aclamado documental que mostró cuan vulnerables eran estos animales.

 

Gorilas de montaña (Gorilla beringei beringei) en el Parque Nacional de los Volcanes. El individuo de mayor tamaño es el macho de espalda plateada.
Foto: Bayron Calle. 


Gorila de montaña (Gorilla beringei beringei) en el Parque Nacional de los Volcanes.
Foto: Bayron Calle. 

 

El grupo estaba poco o nada interesado en nosotros y mientras la mayor parte de ellos se alimentaban, algunos descansaban en posiciones similares a las de modelos de revista. De pronto, por uno de los túneles de vegetación apareció con una presencia imponente y lento andar un macho de espalda plateada. Su semblante era similar a la de una persona mal humorada, pues tenía el ceño fruncido y miraba en todas las direcciones, como revisando que su grupo estuviera completo y detallando quiénes éramos los intrusos que nos osábamos a invadir su territorio. Tras unos segundos de confusión y alboroto entre la manada de gorilas, el espalda plateada comenzó a darse golpes seguidos y secos en el pecho, emitiendo un sonido que evocaba a las viejas películas de tarzán. Espantó a varios gorilas que estaban cerca y se fue hasta unos bambús junto con una hembra para fundirse en un acto de verdadero amor salvaje.

 

Gorilas de montaña apareándose en el Parque Nacional de los Volcanes.
Video: Bayron Calle.

 


***


Sin habérmelo propuesto, ese octubre de 2024 visitaba por segunda vez Ruanda, pero con mi equipaje incompleto. Mi morral estaba perdido en algún lugar del aeropuerto de Estambul, o al menos eso esperaba. Después de realizar una solicitud con la aerolínea me prometieron que en veinticuatro horas tendría mi maleta en el hotel donde me hospedaría en Kigali.

Esta vez, mi visita en tierras ruandesas era para participar en una capacitación sobre liderazgo en la conservación, dictada por Conservation Leadership Programme (CLP). Después de dos noches en Kigali y con mi equipaje completo, me dirigí hacia Musanze junto a varias personas de nacionalidades variadas. Para mí era increíble regresar al lugar donde había vivido, apenas un año atrás, una aventura con los gorilas bajo un manto de niebla en las montañas de Virunga. Todos los presentes teníamos intereses en especies diferentes, e iríamos a comenzar pequeños proyectos subvencionados por CLP para protegerlas en nuestros países. Algunos iban a trabajar con pequeños camaleones en Madagascar y Tanzania, otros con aves, como el cálao gris malabar de India y dos especies de búho en Tanzania. Cuatro personas que estábamos allí iríamos a trabajar con mamíferos: dos especies de oso de Bangladés, un pequeño roedor en Argentina, un escurridizo felino en Chile, y por mi parte, el tapir o danta de tierras bajas, con un proyecto que sería desarrollado por una comunidad indígena del pueblo Inga en el piedemonte Amazónico (puede ver un resumen de todos los proyectos y sus especies aquí).

Por cerca de diez días estuvimos fortaleciendo diferentes habilidades para trabajar en conservación de la biodiversidad, pero al mismo tiempo, entendiendo otras formas de ver el mundo, dado que todos los que estábamos allí éramos de diferentes culturas; incluso yo, que soy una mezcla de costeño y paisa.

Estuvimos cómodamente alojados en el Ellen DeGeneres Campus of theDian Fossey Gorilla Fund, un centro dedicado al estudio y a la protección de los gorilas de montaña, bautizado con ese nombre gracias al aporte de la reconocida presentadora Ellen DeGeneres y en honor a Dian Fossey. El lugar era muy agradable y distaba considerablemente de lo que yo estaba acostumbrado a ver y a frecuentar en mis andanzas por el campo de la conservación de la biodiversidad: un buffet, frente a comida preparada con leños que arden en la selva; una cama en una habitación con calefacción, contra una hamaca colgada entre dos árboles; y un eficiente servicio de lavandería, que contrastaba con la lavada de mi ropa en ríos.

Hubo también tiempo para volver a caminar por la parte más baja de las montañas de Virunga, acompañados nuevamente por guardaparques armados. Esta vez, sin embargo, el objetivo no era encontrar a los gorilas sino al mico dorado (Cercopithecus mitis kandti), un primate amenazado y clasificado En Peligro (EN). Estos animales viven en grupos de aproximadamente 30 individuos y su dieta depende principalmente del bambú. 

Luego de caminar varias horas por entre la vegetación baja y excremento de búfalos y elefantes retornamos al campus y tras unos días más de instrucción, nos despedimos llevando con nosotros no solamente aprendizajes técnicos, sino también los memorables recuerdos por haber compartido con personas que teníamos en común una fascinación profunda por la naturaleza. Todos retornaríamos a nuestros países a trabajar desde lugares recónditos para cuidar, al menos, un pequeño porcentaje de las poblaciones de las especies que nos interesaban.

 

Mono dorado (Cercopithecus mitis kandti) en el Parque Nacional de los Volcanes.
Foto: Bayron Calle.



Individuos de mono dorado (Cercopithecus mitis kandti) en el Parque Nacional de los Volcanes.
Foto: Bayron Calle.

 

Después de los abrazos y las palabras de ánimo que nos dimos el último día, algunos regresamos al aeropuerto de Kigali. Tras la milimétrica inspección perpetuada por el personal de seguridad del aeropuerto entramos al estacionamiento y cada uno siguió su vía por los aires hacia su lugar de origen, pero yo no regresaría a Colombia, al menos, no en las siguientes semanas. Yo estaba a punto de comenzar otra aventura en la Patagonia, en una ciudad localizada a apenas mil kilómetros de la Antártida: Ushuaia.

Después de una escala en Doha (Catar) y otra más en São Paulo (Brasil), llegué a Buenos Aires en Argentina. Fueron más de treinta horas de viaje en las que, gracias al vino, unas cervezas y los 35.000 pies de altura de vuelo, no la pasé bien en los aviones: sudé, me puse frío y tuve diarrea. Una vez en “La ciudad de la furia”, como fue inmortalizada la urbe porteña por Gustavo Cerati, me encontré con mi compañera para ir rumbo a los confines del mundo con el objetivo de cumplir el sueño que me había trazado hacía más de veinte años. Ushuaia ya no estaría apenas en la pantalla de un televisor y era cuestión de días para llegar al fin del mundo y dejar nuestras huellas en la nieve.

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